Tulio Hernández

Hay dirigentes políticos de una sola pieza. Coherentes con los principios que predican. Que unen la palabra y la acción. Pero hay otros, en apariencia justos y de avanzada, que pueden decir en cambio como el desplante aquel de Groucho Marx: “Yo tengo mis valores, pero si quieren ¡también tengo otros!”.

Son políticos y gobernantes que, con una mano adelante ofrecen amigablemente defender la justicia y los derechos humanos. Y. con la otra, escondida tras la espalda, apoyan de manera incondicional a violadores de derechos y criminales de lesa humanidad. Tienen doble moral. Al primer grupo pertenecen Nelson Mandela y Martin Luther King. Al segundo Evo Morales.

Mandela y Luther King siempre aclararon que su lucha era contra el racismo. No contra los blancos. Por eso rechazaban toda forma de violencia y de exclusión en su contra. Porque su meta, lo decían y lo practicaban, era luchar para que ningún ser humano, y no solo los afroamericanos, fuese discriminado por su color de piel o por razones étnicas, políticas o religiosas.

Si eres violento contra los blancos, también eres racista, decía Luher King. Y no se trata de que no nos discriminen solo a nosotros, sino que ningún ser humano experimente lo que nuestros hermanos han vivido por siglos, agregaba.

Fiel a esos mismos principios, cuando llegó a la presidencia de la república Mandela gobernó con Frederick De Klerk, un blanco presidente de Suráfrica que también trabajó al final de su carrera política para liberar a Mandela de la cárcel, permitirle hacer política sin restricciones, y superar el apartheid con el propósito de unificar su país.  Mandela –De Klerk también –era un sanador. Quería ayudar a curar las profundas heridas que asolaban y aun asolan la nación surafricana.

Evo Morales, que en su país ha luchado responsablemente para que se termine la exclusión a los  indígenas, una  forma de desprecio étnico  que ha sobrevivido después de la era colonial,  y que aún sigue a flor de pie de una manera por demás arraigada en las élites blancas y mestizas bolivianas, defiende en cambio  “el racismo ideológico” –permítame lector  esta licencia  verbal–, el apartheid político, la persecución por razones de creencias, y la matanza de indígenas, en un país como Venezuela.

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 Es un contrasentido. La mano oculta detrás de la espalada que destruye en otro país lo que intenta hacer en el suyo con la mano visible. Otra líder de la izquierda latinoamericana, la ex presidente Michelle Bachelet, ha documentado hasta el detalle los sistemáticos crímenes y violaciones de casi todos los derechos fundamentales cometidos bajo el gobierno de facto de Maduro.

La Comisión Independiente nombrada por la ONU en 2019, igual.  Ha encontrado pruebas suficientes para considerar que Maduro, el usurpador de la presidencia de la república; Diosdado Cabello, del Parlamento; el general Padrino, el jefe del ejercito pretoriano, y el general Riverol, de las policías políticas, han incurrido en crímenes de lesa humanidad.

Y, sin embargo, Evo Morales sigue retratándose públicamente con la cúpula del gobierno militarista venezolano. Expresando su apoyo ferviente a la imposición de Hugo Chávez. Y lo que es peor, aún más miserable, haciendo silencio ante lo que ya es una evidencia irrefutable, los delitos de Estado dirigidos por Maduro.

AMLO y el peronista Fernández por lo menos tejen evasivas, Morales en cambio se exhibe de modo impune al lado de un hombre desde ya condenado por la justicia internacional de la misma manera que lo fueron Milosevic y Pinochet.

Pero no sólo en asuntos de derechos humanos Morales es éticamente inconsistente. También lo es en el respeto de los principios democráticos.  A pesar de que, en lo esencial, Evo y el MAS han mantenido la institucionalidad democrática boliviana, en lo referido a su obsesión por permanecer en la jefatura de su país ha caído en la misma tentación autoritaria compartida sempiternamente por tantos gobernantes latinoamericanos. Militares y civiles. De derecha y de izquierda.

Para cumplir con esa obsesión (la misma que llevó al general Porfirio Díaz, a gobernar por 30 años en México, a Alfredo Stroessner 35 en Paraguay y Fidel Castro 49, en Cuba) Morales violentó con ardides la Constitución boliviana. Y –tal y como lo demostró la observación internacional– en 2019 dirigió un intento de fraude para permanecer en el pode. El rechazo popular y una oscura operación militar, le hizo perder la presidencia, salir de Bolivia país huyendo, y, por poco, sirve la mesa para que regresaran los golpes de Estado que en una saga de largo años caracterizó la vida política del país andino.

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Por suerte la crisis boliviana ha tenido un final prudente. Hasta ahora. Las reacciones violentas que muchos anunciaron no ocurrieron. Las elecciones que el gobierno provisional convocó limpiamente y limpiamente –como lo ha reconocido la misma OEA que desconoció las de Evo –, las ganó Arce, han sido una prueba superada para una democracia que aún necesita consolidarse.  

Y, como bien lo anunciaban las encuestas, tan grande fue el temor que suscitaba la llegada de un fundamentalista religioso Luis Fernando Camacho al poder, y tan desilusionante la incapacidad opositora para lograr acuerdos e ir con un solo candidato a la elección, que muchos de quienes denunciaron el fraude luego volvieron a votar por el MAS. 

Una de las mayores virtudes de la democracia es la alternancia. Y uno de los mayores defectos de las latinoamericanas es la obsesión de los gobernantes por reelegirse una y otra vez.  Uribe, forzó la constitución colombiana para volver a elegirse y si no fuera porque en Colombia hay un poder judicial independiente, todavía lo tendrían de presidente vía reelección. Y el propio Oscar Arias, premio Nobel de la Paz, también intentó en Costa Rica artimañas constitucionales para repetir en el gobierno. Y Evo Morales no sólo superó a Hugo Chávez, quien gobernó tres períodos seguidos y se preparaba para tres más, sino que de haberse salido con la suya se hubiese convertido en el hombre que, por más años, más que Paz Estenssoro y que el dictador Banzer, ha permanecido en la presidencia de la republica de su país.

Ojalá y Morales digiera la lección.  Se quede quieto. Aprenda a vivir sin la pompa presidencial. Como un ciudadano más. Pase a retiro.  Se haga asesor o jefe político de su partido, para que Bolivia pueda ser una democracia estable, confiable y pronto otro partido que no sea el Mas gobierne. Como debe ser.

Viene al caso la consigna de Francisco Madero al comienzo de la Revolución mexicana: “¡Sufragio efectivo, no reelección!”.

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