Dos de los cuatro niños que viven debajo del puente internacional Simón Bolívar

Mientras miles de pasos acelerados cruzan a diario el puente internacional Simón Bolívar, debajo, en sus bases, late un submundo explorado por pocos. Por allí transita el contrabando y las mafias que lo lideran. Por esa zona, han aparecido cadáveres sin que los responsables paguen. En esos nichos, reina el peligro, y es en esa línea, algo desfigurada, donde grupos de venezolanos pasan la noche a la intemperie, arropados por la amenaza de que en cualquier momento se forme una balacera.

Los tiros los han escuchado constantemente. En varias oportunidades han interrumpido sus sueños, pero las opciones son pocas: lo que ganan como “trocheros” o “carrucheros” les da para comer más no para pagar alquiler. Bajo ese techo del tramo binacional, niños, jóvenes y adultos se entregan a los brazos de Morfeo con la incertidumbre atada a sus humanidades.

El equipo de FronteraViva arribó a la zona, el pasado miércoles 4 de diciembre a las 2:30 p.m. Al principio hubo cierta resistencia a hablar por parte del grupo que se hallaba debajo de la estructura binacional. Un joven se mecía en una hamaca amarrada a los extremos de las vigas. Fue el primero en dirigir la palabra, mientas una pareja descansaba sobre un colchón, y otra, con dos niños, hacía lo mismo.

“No tengo mucho qué decir. Si quiere consulte con los demás”, soltó el caballero que se balanceaba en su hamaca. Las miradas iban y venían hacia donde nos encontrábamos. Las primeras frases estaban enlazadas por la desconfianza. Minutos después, las conversaciones fluyeron y las historias comenzaron a hilarse.

A escasos metros de donde acomodan las colchonetas, está visible una pequeña cocina a leña. En ese punto, en varias ocasiones, han hecho comidas comunitarias. Cada integrante aporta una cantidad y se compran los alimentos. En total, son 20 los que duermen en el lugar, entre ellos, cuatro niños y dos mujeres en estado de gravidez.

Hay ciertos espacios, como los que están entre las bases que sostienen el puente, que son usados como escaparates improvisados. En esos puntos, suelen guardas sus pertenencias: ropas, colchonetas y demás. Otros, por más seguridad, prefieren pagar mil pesos a uno de los dueños de las casas cercanas,  para almacenar las cosas.

Alejandro Sejias, 22 años

“Nuestras vidas han corrido peligro”

“Para mí, lo más duro, ha sido aguantar hambre por dos días”, rememora Alejandro Sejias, un joven de 22 años que se vio obligado a dejar su tierra, el estado Zulia, para enfrentarse a la rudeza de la frontera. A su corta edad, ha tenido que defenderse en las intrincadas trochas. Por allí, pasa mercancía constantemente. “Mientras haga las cosas bien, no me va a pasar nada”, dijo.

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-Cuando no hago nada en todo el día, me toca dormir debajo del puente- reconoció mientras iba buscando algunas pertenencias en el colchón donde estaba sentado-. Cuando salen buenos camellitos (trabajo), uno paga hospedaje, ya que en esta zona se han registrado muchos sucesos y nuestras vidas se han visto en peligro.

Sejias relató que en algunos momentos los han desalojado del lugar. “A ellos, los policías, no les conviene ver tanto desorden, no lo hacen con mala intención. Hay otros que tienen más compasión y nos dicen: tranquilos, tengan cuidado, resguárdense”.

El muchacho nunca se imaginó vivir en Colombia y mucho menos a la intemperie. En su país solía trabajar como ayudante de albañilería, oficio que le permitía tener entradas con las que iba resolviendo sus necesidades. Sin embargo, hubo un episodio en que el dinero no rendía y se vio en la obligación de migrar.

-Aquí hay reglas (dadas por grupos). Por ejemplo,  si a uno le encargan una mercancía, hay que procurar que llegue completa. No se puede estar robando en una trocha, pues se puede perder la vida- relató Sejias con la mirada fija en su presente-. A mí no me da miedo porque estamos haciendo el trabajo correcto. Igual es riesgoso pero nos está dando el sustento para comer aquí  y mandarle algo a la familia.

“El dinero está para conseguirlo. Me gustaría salir de las trochas y poder montar un negocio: venta de comida o cualquier otro cosa; pero se necesita más pesos para invertir”, indicó.

Guardan sus pertenencias en los espacios que hay entre las bases del puente

“Ya conozco las reglas”

Carlos Alberto Parada se conoce todas las trochas. Las ha atravesado cargando bultos de papa, cebolla, chatarra o carne. Lo que le coloquen, lo pasa. El tiempo que lleva como “trochero” le ha permitido entender que las dificultades y peligros siempre van a estar a flor de piel. Hace ocho días, presenció un tiroteo. No pudo hacer nada, solo tratar de resguardarse.

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“Ya conozco las reglas del lugar y sé lo que es bueno y malo. No se puede robar ni hacer cosas malas, porque uno es castigado. He trabajado por todas las trochas. Es tremendo, pero para ganarse la vida hay que echarle”, enfatizó mientras descansaba tras una dura jornada que empezó a las 2:00 a.m. y concluyó a las 6:00 a.m., lapso en el que pasan gran parte de la mercancía por contrabando.

Parada, oriundo de Portuguesa, está claro que la vida que lleva es fuerte, dura. “Hay veces en que se tiene y otras no. Ayer (3 de diciembre) fue un día de bendiciones, me salió un buen trabajo, hice 60.000 pesos”, puntualizó para luego recalcar que al momento de convivir debajo del puente, todos se ayudan, cada quien colabora. “Hemos hecho comidas colectivas. Se recoge el dinero y se compra el arroz, el pollo y la gaseosa”, apuntó.

-Al amanecer hay que recoger las cosas, para evitar que los demás vean el desorden. También he trabajado como reciclador. En estos días hasta un carro me atropelló. Gracias a Dios el señor me respondió con todos los gastos- aseguró en un tono que develó sus ganas de emprender un trabajo menos peligroso-.Aquí el que no gana plata es porque es flojo. Hay cosas, que no son malas, para hacer.

“Dormir aquí trae enfermedades. Estar cerca del basurero y los olores nauseabundos a causa de que muchos usan estos lugares como baño público, es complicado”, sentenció Parada al destacar que el río Táchira se ha convertido en el balneario de muchos, donde también lavan la ropa. “Hay que seguir, no queda de otra”, subrayó a modo de colofón.

DE INTERÉS

Todos los que viven debajo del puente, lado colombiano, son venezolanos que han llegado a La Parada de diversas regiones del país del oro negro

EL DATO

El contrabando agarra fuerza a partir de las 2:00 a.m. y va disminuyendo a las 6:00 a.m, hora en que se abre el paso peatonal por el tramo binacional

Jonathan Maldonado, corresponsal de FronteraViva

Por seguridad, prefirieron no mostrar sus rostros

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