Cada 10 de marzo en Venezuela se conmemora el día del médico. Un homenaje a los profesionales de batas blancas, que en los últimos años se han convertido en los héroes de una población sufrida, desasistida y en terapia intensiva que lucha por sobrevivir, en medio del colapso en la salud pública nacional.

Por Rosalinda Hernández C.

Como reconocimiento a la labor de salvar vidas, Frontera Viva, conversó con un representante de los médicos venezolanos inmigrantes. Cercano y conocedor de la crisis humanitaria que enfrentan los connacionales más allá de la frontera, Gerardo Vega, médico ginecólogo y director de la ONG, Médicos Unidos por Venezuela, en Norte de Santander, relató episodios de lucha por la libertad y la democracia al otro lado de la línea limítrofe.

Vega fue presidente de la Sociedad de Médicos Internos Rurales y Residentes del Táchira. Fue acosado y señalado por el gobierno de Nicolás Maduro al tratar de defender reivindicaciones laborales para su gremio.

“Finalmente me tocó salir. Vi una oportunidad y me vine a Colombia, en el 2015”, recordó el especialista.

¿Cómo vive un médico venezolano fuera de su país?

– Nos importa mucho lo que pase en Venezuela, a pesar de estar afuera. No somos ajenos a lo que viven y padecen los venezolanos que buscan salud en frontera. Aquí se vive mucho la crisis y la llegada de pacientes, de gente que sufre por falta de medicamentos y atención.

Estar lejos de Venezuela, tampoco es fácil. Se padece al dejar tantas cosas allá y a parte de la familia. Es una situación que me ha hecho fuerte, con ganas de seguir luchando y no perder la esperanza que todo va a cambiar y saber que quienes se fueron van a regresar y el país saldrá adelante.

Desde aquí uno ayuda a las mujeres embarazadas que llegan sin ningún control, a niños con enfermedades crónicas, a los desplazados.

¿Qué hace el médico inmigrante para enfrentar la realidad?

– Los médicos venezolanos nos unimos en Cúcuta, para febrero de 2019, días previos al intento de pasar la ayuda humanitaria, (relató con marcada emoción). Sabíamos que no sería fácil. Dejar entrar la ayuda era para el régimen dar el brazo a torcer y reconocer con el paso de medicamentos de alto costo y demás insumos, que Venezuela vive una crisis humanitaria.

Llegamos a agruparnos 30 médicos venezolanos en Médicos Unidos por Venezuela en Cúcuta. Nos pusimos en contacto con los colegas de Ureña y San Antonio y San Cristóbal. Ya sabíamos lo que venía por los antecedentes de protestas en el país y nos preparamos para lo peor, teniendo en cuenta el accionar de los cuerpos de seguridad  del régimen.

¿Qué era lo peor?

– Lo peor para nosotros eran muertos, heridos. Había que estar preparados para una batalla. Teníamos quirófanos listos, medicamentos y cuando pasó todo estos respondimos.

Nos tocó enviar los días previos al paso de la ayuda humanitaria insumos médicos (gasas, alcohol, jeringas, insumos básicos) desde Cúcuta para abastecer los hospitales de la frontera.

Las droguerías y la gente de Colombia nos ayudaron mucho.

¿Fue exitosa esa batalla?

– Se coordinaron puntos de atención en las zonas cercanas a los puentes; ambulancias y personal asistencial. Además de los centros de atención médica de San Antonio, Ureña y Cúcuta. Se armó una red de apoyo médico, voluntarios y paramédicos.

El éxito del operativo estuvo en poder responder de manera inmediata en los dos puestos de atención instalados en los puentes, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

Eran muchos los jóvenes que se desplazaron hasta Cúcuta para apoyar el paso de la ayuda humanitaria, ante la necesidad y el desespero de la gente por la crisis. La gente venía de todas partes de Venezuela a ponerle el pecho al paso de la ayuda. Recuerdo que desesperados nos decían que ellos no tenían como comer y su familia estaba sufriendo por la situación que atraviesa Venezuela. Comentaban que no les importaba morir.

¿Cómo se vivió el momento?

– En Ureña la represión fue brutal y se incrementó cuando los colectivos empezaron a amedrentar a la gente que salió a protestar y a pedir que le dieran paso a la ayuda humanitaria. En ese momento vinieron los heridos por arma de fuego, simultáneamente en Ureña y San Antonio, hasta un colega resultó herido. Los colectivos llegaron a los hospitales de frontera a amedrentar.

En Ureña hubo heridos por arma de fuego que fueron atendidos por médicos cirujanos que se enviaron de Colombia. Ante la emergencia sabíamos que no había ese tipo de personal allí. Hubo un momento donde 15 médicos y camillas improvisadas con mesas no fueron suficientes para atender los heridos. Ese día nos llamaba la atención que el gas lacrimógeno de las bombas lanzadas era algo más fuerte de lo normal. La sintomatología ocular llamaba la atención. No sé si era que las bombas estaban vencidas o tenían otro componente fuera del habitual.

¿Qué no olvidará de esa jornada?

– Tanta represión y el uso de armas de fuego en contra de una población indefensa. Ahí no habían delincuentes, era gente normal, ciudadanos que necesitaban esa ayuda humanitaria. No eran guerrilleros, ni paramilitares, eran estudiantes y trabajadores de frontera, enfermeras, voluntarios. La brutalidad en el accionar de los componentes de seguridad del régimen no lo había vivido en persona. Si lo había visto en la televisión. También me impactó y lo recuerdo, la valentía de los jóvenes venezolanos y la solidaridad del pueblo colombiano. El ímpetu de querer ayudar como fuera y lograr que la ayuda, entrara al país.

¿Hubo un balance positivo?

– Si, siento entusiasmo y pasión por la labor cumplida.  Aún tengo la  esperanza que Venezuela reciba la ayuda que tanto requiere en materia de salud. Es muy fuerte lo que el país vive. (En medio de la conversación el médico hace una larga pausa, se retira los lentes y llora sin reparo).

La ayuda poco a poco ha ido entrando a Venezuela y eso aminora la frustración que generó no poderla pasar el 23 de febrero de 2019. Había tantas expectativas y muchos se decepcionaron pero nos dimos cuenta que no estamos desamparados. La maldad no puede triunfar y a esta lucha hay que meterle corazón. No me arrepiento de nada de lo que hice y si me vuelven a llamar, lo volvería a hacer mil veces.

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