Miles de venezolanos se han asentado sin ningún control en las poblaciones fronterizas con Colombia. Mujeres, hombres y niños de todas las edades recorren kilómetros. No les importa dormir en la calle porque lo que se buscan es apaciguar el hambre.

Por Rosalinda Hernández C.

“Aquí al menos tenemos lo de comer”, dice Yendira Ramos, una joven mujer venezolana mientras reposa el almuerzo que recibió en la casa de paso Divina Providencia, administrada por la iglesia católica en el corregimiento colombiano de La Parada.

Sentada sobre la delgada colchoneta donde duerme cada noche, junto a tres pequeños hijos, Ramos comentó que está próxima a cumplir la semana 40 de gestación. Es oriunda de Barquisimeto, estado Lara.

Las autoridades colombianas no están de acuerdo con la instalación de carpas o viviendas improvisadas (cambuches) para dormir en la calles, menos si se trata de espacios públicos destinados al esparcimiento y recreación.

Área destinada a la recreación infantil que ahora es habitada por venezolanos

“Los policías anoche vinieron a sacarnos de la cancha. Se quejan porque hay mucha suciedad y contaminación. Nos comprometimos a limpiarla. Hablamos con ellos y nos dejaron seguir aquí”, comentó mientras los niños de dos, cuatro y seis años, corretean por el lugar.

En similar situación, vive Elvis Sánchez junto a la esposa y cuatro niños. El hombre de 36 años se gana la vida cosiendo zapatos cerca al puente internacional Simón Bolívar que une a Venezuela y Colombia.

Llegó desde Valencia, estado Carabobo hasta la frontera por el mismo denominador común: ¡hambre!

Duermen a la intemperie y les toca correr cuando llueve para buscar un lugar donde protegerse. Las necesidades fisiológicas las resuelven “en el monte”, (ribera del rio Táchira). La ducha se hace cada tarde en “la cascada de las trochas”, donde también lavan la ropa y se saca agua para cocinar algunos alimentos, detalló Elvis.

A este panorama no le pone reparo, dice “es mejor esto, a no comer”.

Las cifras que maneja la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Latinoamérica, convierte a los venezolanos en la segunda población desplazada del mundo, después de los refugiados sirios.

A mediados del año 2019, ACNUR evaluó que 4.054.870 migrantes, refugiados y solicitantes de asilo venezolanos han sido registrados por los diferentes gobiernos de acogida. Cifra que convierte a Venezuela en el primer lugar de éxodo en la región.

No son campos de refugio

Aunque el panorama pudiera compararse con un campo de refugiados, dista mucho de serlo por lo poco organizado y convencional de las estructuras utilizadas para vivir.

Al caer el sol, las calles de las poblaciones fronterizas se convierten en dormitorios a cielo abierto. Los grupos de familias venezolanas que se han desplazado hasta la zona, duermen en cambuches armados con plástico, telas y trozos de palos.

Los espacios abiertos terminan siendo los mejores lugares para pasar la noche

El río Táchira, la línea limítrofe que separa a ambos países es el afluente que calma, casi todas las necesidades.

“Anoche no se pudo dormir, la lluvia no nos dejó (…) estamos buscando techo. Lo más triste es que los niños se mojan y se enferman. Nosotros buscamos un mundo mejor y algún día las cosas tienen que cambiar”, dijo Osman Jiménez, padre de tres niños venezolanos que pasan la noche sobre colchones, a la intemperie en la cancha deportiva de La Parada, municipio Villa del Rosario del departamento colombiano de Norte de Santander. 

Osmel llegó desde Valencia y narró a Frontera Viva que en la ciudad del centro de Venezuela, es difícil vivir porque la comida está demasiado cara.

“Por lo menos aquí se comen tres comidas al día y a veces hasta más”, en Valencia no estábamos comiendo lo suficiente”, comentó.

Los reportes de Migración Colombia, muestran que el país fronterizo con Venezuela, se ha convertido en el de mayor recepción para los venezolanos con la cifra de 1.630.903, según el último reporte del 31 octubre de 2019.

No todos los venezolanos se registran formalmente (estatus migratorio) en el país a donde llegan. Más de la mitad de los venezolanos que viven en Colombia, 55.90% (911.714) se encuentran en condiciones irregulares de migración de acuerdo al organismo que rige la materia y un 44.10%  (719.189), han ingresado regularmente al país.

Viven de la caridad

Si bien es cierto que la mayoría de los inmigrantes que se desplazan hasta la frontera buscan ubicarse pronto en cualquier oficio informal que les garantice ganar algún dinero. La mayor ayuda que reciben en un primer momento proviene de personas caritativas e instituciones que contribuyen al menos con alimentación.

Les dan tetero a los niños más pequeños y almuerzos diarios para todo el grupo familiar. La mayoría de quienes se desplazan a la frontera y duermen en las calles se alimenta en la Casa de Paso la Divina Providencia, donde a pocos metros hay instaladas cada noche cientos de improvisadas viviendas.

La iglesia católica atiende en la casa Divina Providencia a más de 6000 personas diariamente con almuerzos.

“Nos ayudan y no nos han sacado”, contó Pablo David, un venezolano que hace dos meses llegó a La Parada y allí vive junto a la esposa y tres hijos.

En la zona donde se han establecido los venezolanos la pobreza es extrema, indicó Braulio Ortega, integrante de una iglesia adventista que llega a la zona eventualmente a brindar apoyo.

Condiciones en las que habitan algunos migrantes en el sector La Parada, Cúcuta.

“Los hermanos venezolanos viven en condiciones paupérrimas. Hay niños  desamparados, mujeres embarazadas, pasan hambre. Hacemos obra social, pero no podemos ayudarlos a todos, son muchos”, precisó a Ortega, mientras visitaba a Gabriela Salazar, una venezolana con cuatro meses de embarazo que vive en una improvisada vivienda.

La joven procedente de Carúpano, narró que a su arribo a la frontera tuvo que cruzar por caminos ilegales o trochas. Sin documentos, aseguró que se vio en la necesidad de pagar 20 dólares por el traslado.

Se sostienen vendiendo agua mineral, refrescos y con las comidas que ofrece la casa de beneficencia de la iglesia católica.

“Aquí estamos mejor que en Carúpano porque por lo menos se come”, dijo Gabriela a Frontera Viva.

El sueño de Pablo, otro venezolano en condición de calle en la fronteriza localidad, es claro pero lo ve lejano: “espero que se acomode el país para regresar”.

Poder conseguir medicinas y comida para vivir es fundamental, señaló.

“Mis hijos son asmáticos y en Barquisimeto no lo conseguía y si lo conseguía no tenía la plata para comprarlo”, dijo.

El venezolano de 32 años que trabaja con una carretilla llevando mercancías de un lado a otro de la frontera, es realista y admite que de esa manera no puede seguir pasando la vida.

Retornar a Venezuela está previsto para un futuro, no determinado: “Cuando mejore Venezuela regresamos. Mientras tanto nos quedamos porque la estabilidad está aquí, donde hay comida, en Venezuela, no”.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí