Por Sofos de Mileto

Recientemente pasó por mis manos un Artículo Científico titulado “Militares bajo control”, cuyos autores son los Prof. Investigadores Víctor M. Mijares de la Universidad de Los Andes y Alejandro Cardozo Uzcátegui de las Universidades Simón Bolívar y Sergio Arboleda, todas ellas instituciones muy reconocidas en Colombia. Aunque el Artículo data de marzo de 2020, contiene una revisión pertinente de la situación que ocurre en Venezuela con la denominada “Unión Cívico – Militar” promovida por el régimen chavista.

Concretamente, los autores parten de las tradiciones y posiciones teóricas que argumentan la existencia de un pretorianismo militante en las fuerzas políticas chavistas que ha derivado hacia una fase superior, correspondiente a una militarización progresiva de la sociedad. Es decir, que un núcleo central de control y poder militar expande su influencia castrense hacia los espacios políticos naturales de la sociedad civil. Con ello se supone que los militares han infiltrado subrepticiamente al sistema político civil y, una vez adentro, han modelado toda la estructura según formas pretorianas de gobierno y Estado. El planteamiento de estos dos investigadores es diferente. Las fuerzas armadas no se inocularon en el proyecto democrático civil venezolano por medio del golpe de Estado fallido de Chávez y ni siquiera por la vía electoral de su triunfo en 1999. Contrariamente, la Revolución bolivariana ha dado muestras de ser, en efecto, el vehículo de una fuerza política civil de profundas raíces en la izquierda histórica castrista, guerrillera, universitaria, intelectual, gremial, sindical y policial en el ejército y sus componentes. El proyecto final es la desarticulación del núcleo castrense por medio de la desprofesionalización, la degradación de sus rangos operativos y la politización de todos sus espacios que, con un fino tramado propagandístico y simbólico pretoriano, pretendidamente militarista y nacionalista, desmembró al aparato militar profesional.

En nuestro criterio, el pretorianismo en Venezuela lo inició Simón Bolívar. No de otro modo se explica que aparte de militar conductor de fuerzas armadas para la gesta libertaria en Venezuela, la Nueva Granada y los países del Sur, fue también Presidente de las Repúblicas independizadas, con amplios poderes concedidos por los Congresos respectivos, y llegó a ser redactor de la Constitución de Bolivia, ejerciendo funciones de gobierno propias del sector civil. Lo mismo ocurrió con Páez, Soublette, los hermanos Monagas. Luego vendrían gobernantes caudillos militares cono Guzmán Blanco, Linares Alcántara y Crespo. Algunos de ellos, ciertamente, sirvieron a la institucionalidad, a la República, procuraron acatar la Constitución y las leyes, mientas que otros, para poder retener un poder político nacional, tenían que burlar la Constitución y las Leyes; en síntesis, derrumbar la institucionalidad republicana.

Luego vendrían los tiempos iniciados con la Revolución Liberal Restauradora y los Presidentes tachirenses, Castro, Gómez, López Contreras y Medina Angarita, para culminar con Pérez Jiménez. Lo que deseamos destacar es que eso de que a los militares, aparte del poder de las armas, les gusta el poder político y el ejercicio directo de funciones de gobierno, tenemos ejemplos de sobra en Venezuela.

Entendemos el planteamiento de los autores de que este modelo, arraigado en la cultura política venezolana, tuvo un viraje con el fenómeno Chávez. Es innegable que en esa etapa de la década de los 70 y 80 tuvo que haber una infiltración de las ideas de izquierda en las aulas de la Academia de Militar y Escuela de Formación del resto de componentes militares, para que surgieran movimientos como el MBR-200. Esto llevó a convertir peligrosamente el simple caudillismo militar en un procedimiento para, desde las fuerzas armadas, intervenir en la política con un pensamiento ideológico, centro de la ideología chavista del Socialismo del Siglo XXI desde sus inicios. Y creemos que el exceso de democracia en algún momento se desvirtuó, porque la democracia también está sometida a tentaciones. En Venezuela se creía necesario que una élite de Punto Fijo fuera la conductora, pero esa democracia pro militante tomó los caminos de cierto autoritarismo de los partidos. Y en Latinoamérica coincidimos con la afirmación de Anne Applebaum, Premio Pulitzer, en su obra “El Ocaso de la Democracia. La seducción del Autoritarismo”: el debate acerca de quién ha de gobernar, de quién constituye la élite, nunca termina. Agrega esta autora que en países que jamás fueron ocupados por el Ejército Rojo y que nunca han estado gobernados por populistas latinoamericanos, la democracia y el libre mercado pueden producir resultados insatisfactorios, especialmente cuando están mal regulados, cuando nadie confía en quienes los regulan, o cuando la gente empieza a competir desde puntos de partida muy distintos.

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Estas distorsiones llevaron a crear caldos de cultivo en contra de la democracia, no solo en el seno de la sociedad civil, sino también en el estamento militar que, aunque fuera en las formas, se había conservado no deliberante, apolítica y obediente, al servicio de la República, no estando al servicio de los partidos sino de la Nación, tal como lo preceptuaba la Constitución de 1961, que rigió la época de los gobiernos democráticos post perezjimenistas. Pero en esas conspiraciones de la escuela militar ese grupo minoritario se nutrió del descontento popular y coincidimos en que el régimen cubano lo detectó, sirviéndole de vía para maquinar ese plan perverso de asirse al sometimiento del país, lo cual le podía servir de tabla de salvación cuando la Unión Soviética colapsó. Agréguese a esto el influjo de la personalidad de Fidel que produjo no solo en personajes como Carlos Andrés Pérez, sino también en estos cadetes que se formaban alimentándose de las ideas de izquierda, lo que los mismos directivos de las academias y escuelas de formación militar del momento no pudieron detectar a tiempo. Hemos afirmado precedentemente que, cuando se recupere la República, habrá que hacer caída y mesa limpia para deslastrar del pensamiento de cadetes y militares activos tanto veneno comunista que ciertamente le han infiltrado desde las élites del régimen. Habrá que hacer un trabajo profundo para reinstitucionalizar a las Fuerzas Armadas y devolverles su verdadera y primordial misión de preservar la seguridad de la Nación, sin intromisión en funciones de gobierno.

Es público, notorio, comunicacional y más que evidente que una cúpula de la Fuerzas Armadas actualmente es deliberante y obediente al régimen por conveniencia. Los que pertenecen a jerarquías menores tal vez aún permanecen aliados al régimen más por temor a ser perseguidos, presos y torturados, mensaje que el régimen hizo calar hondo en esas esferas, con casos emblemáticos que aún se mantienen en la palestra. No sabemos si esa infiltración del pensamiento ideológico de izquierda fue deliberado para someterlas, tal como afirman estos autores, pero los efectos son notorios. Oportunidades para defender la República y la Constitución han tenido los militares y se han mantenido al margen.

Esto lo aprovechó Cuba, y aunque los autores investigadores no explican con mayor detalle  los mecanismos de inteligencia y contrainteligencia que aplicó la isla para infiltrar y someter a las Fuerzas Armadas venezolanas,  más allá de la desprofesionalización, la degradación de sus rangos operativos y la politización de todos sus espacios que, con un fino tramado propagandístico y simbólico pretoriano, pretendidamente militarista, y nacionalista, desmembró al aparato militar profesional, mejor manifestación de ello es la famosa imagen de Padrino López arrodillado ante Fidel (2015), que el propio Ministro no tuvo verguenza alguna en publicar en sus RRSS.

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Nos parece que, independientemente de quien infiltra a quien, lo cierto es que el Alto Mando militar no la tiene fácil en este momento. Las razones son el propio descontento que mandos medios y bajos poseen de cómo se les ha degradado, se les ha sometido a similar empobrecimiento que el resto de la sociedad civil. Porque un soldado que antes tenía ciertos privilegios ahora está mal alimentado, mal remunerado, mal atendido, y mal preparado. ¿Cómo es posible que cuatro guardias nacionales, preguntados por algún oficial sobre cómo se llama su comandante, no sepan quién los dirige? La ruina moral es evidente en esas categorías, mientras los Generales de infinitos soles todavía disfrutan de beneficios y privilegios, que será lo único que dispondrán con agrado. Porque estar, junto con los altos jerarcas del régimen en la lista de los más buscados, sancionados y bloqueados en sus cuentas extranjeras, no les producirá muchas alegrías. Ellos también han sido parte del festín de corruptelas, de contratos con empresas fantasmas, del tráfico de influencias, a lo que hay que sumarles la participación en el corredor del narcotráfico.

Hay un factor que bajo nuestro entendimiento todavía no asimilamos. Siendo Venezuela un país con recursos y ubicación de carácter geoestratégico que se están colocando en manos rusas, iranés chinas y terroristas del Hezbolá, así como de los grupos de la guerrilla, y a lo que la cúpula militar adopta la mirada hacia un lado o por lo menos no exterioriza preocupación, ¿por qué Venezuela aún no representa la tecla sensible para la reacción de la seguridad de la región y de los potencias norteamericanas y europeas? ¿Qué falta? ¿Se quiere evitar al máximo un escenario de caos que luego sea incontrolable? Además, ¿qué será lo que verdaderamente estarán pensando sobre esto los militares cuando más temprano que tarde reviente esa olla caliente? ¿Cuál va a ser su salvavidas o la puerta de escape de emergencia? La única respuesta que encontramos es que no hay confianza en el liderazgo alternativo actual para tomar las riendas para la transición, y es aquí donde toma auge la formación del liderazgo para la crisis, muy diferente al tradicional. Sabemos que hay un gran potencial de jóvenes con admirables recorridos en el activismo político y social, con muy buenas conexiones, incluso a nivel internacional, y que al resistirse a la emigración desean fervientemente luchar, dentro de esta crisis orgánica creada por el régimen, para recuperar la República, sus principios y valores.

En esa recuperación de la República, en la reinstalación de los principios de libertad, de Estado de Derecho, de la constitucionalidad, habrá que recurrir a elementos que no estén untados tanto con la corrupción, con el irrespeto de los derechos humanos y con la ausencia del pensamiento y doctrina institucional de obediencia a los valores fundamentales de la Nación. Tampoco sabemos cuál será aquí la solución. Tal vez habrá que colocar la lupa, el examen crítico y la selección incluso en militares retirados que aún conservan en su flujo sanguíneo la enseñanza y aprendizaje de la auténtica misión de las Fuerzas Armadas. Este camino no será fácil de recorrer, pero será imprescindible para consolidar cualquier proyecto de recuperación de la República.

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