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Gustavo Tovar

Activista de Derechos Humanos, Abogado, Director, Poeta y Educador

Otra unidad…

No soy de los que tiende a hacer leña sobre árbol caído, mucho menos en Venezuela, donde a mi juicio el liderazgo político se ha ganado el respeto y, en muchos casos, la admiración por la entrega y el coraje con que ha enfrentado a la más despiadada tiranía política que ha padecido Las Américas. Esta entrega, pese a la crítica y la apertura de un debate que considero urgente, no pretende en ningún caso juzgarlos ni defenestrarlos, sería injusto.

Loa a Himiob…

Conozco a Gonzalo Himiob Santomé desde niño, ambos padecimos la espesura espinosa de la psiquiatría. Su padre Gonzalo Himiob, psiquiatra, y el mío Gustavo Tovar, psiquiatra, fueron grandes amigos. Ambos, además, provenimos de la humedad gentil y cálida de vientres mexicanos, su madre y mi madre, mexicanas, fueron fraternales amigas. Corrimos toda nuestra niñez y juventud por los pasillos y campos del colegio La Salle La Colina, donde estudiamos desde kínder. Fuimos siempre extravagantes, idealistas, poetas. No entiendo cómo terminamos estudiando derecho, pero ambos lo hicimos. Él –brillante como es– lo ha ejercido con excelsitud marcando una era oscura con su virtuosismo y lucidez. Yo –quijotesco como soy– lo he usado para clavarle una daga en la frente al –perverso– molino de viento chavista.

¿Vacunas? ¡No!

Las razones por las cuales no dejan pasar las vacunas son obviamente políticas, no quieren que el presidente Guaidó se llevé ningún crédito ni desean reconocer que la Asamblea legítima es la que él preside. No les importa el sufrimiento venezolano ni les importará jamás. Todo empeorará, no hay manera de que cambien, son –insisto– unos criminales de la peor estirpe. Lo escribo y lo volveré a escribir porque lo cierto es que, si no hacemos algo, el holocausto se perennizará, será peor.

Disparos de conciencia…

No sé si el liderazgo político opositor lea este suelto, más bien, no sé si el liderazgo político lea. No lo expreso con sorna porque crea que hay ignorancia entre ellos (no la hay), lo expreso porque estimo que las circunstancias, la tribulación y el caos se los impide. Me gustaría que lo leyeran, no se los enviaré personalmente porque me parece pedante forzar a alguien a leer lo que uno escribe, espero que las redes hagan su trabajo. Si amerita que lo hagan.

Xenofobia

Antes de Hugo Chávez –esa maldición bubónica que le cayó a Venezuela y la arrasó como la peor peste conocida en nuestra historia– nadie podía suponer ni imaginar que los venezolanos, otrora respetados y admirados, iban a ser repudiados y abominados por todas partes de América Latina y el mundo. A la ruina socioeconómica y política que ha causado la peste chavista se suma la más degradante y vil de todas las ruinas: la moral.
Colombia es parte entrañable de Venezuela y no sé si Venezuela sea parte entrañable de Colombia, pero los colombianos se comportan como nuestros mejores hermanos. Lo debemos ser.
Siempre he pensado que la política venezolana a partir de la aparición de la peste chavista es como un bar de la Guerra de las Galaxias maximizado. Vemos monstruos de todo tipo, renacuajos, larvas, arpías, alacranes, dráculas, alienígenas, sapos, culebras, Delcys, Cilias, Varelas, Diosdados, Arreazas, ah, y deformaciones crueles como las de Chávez y Maduro.
Si fuese otro Gustavo Tovar-Arroyo, uno que a diferencia del que soy (activista gandhiano e idealista de la lucha noviolenta), ya hubiese organizado una insurrección violenta contra la tiranía chavista. Sobran razones éticas, políticas e históricas para levantarse en armas contra la podredumbre criminal que usurpa el poder y hambrea a Venezuela, pero soy Gustavo Tovar y no tengo idea de cómo usar una pistola, rifle, metralleta o bazuca. Mi ensoñación no es real. Lo sé.

Delirios venezolanos…

Estamos en guerra contra el chavismo, aunque sean ellos los únicos que disparan, torturan y asesinan (nosotros ni respondemos ni hacemos un carajo). Estamos en guerra, por eso gran parte del liderazgo de la oposición limosnea patéticamente unas delirantes elecciones libres. Estamos en guerra y, pese a que fue avisada desde 1992, a nuestros heroicos niños soldados, a nuestro pueblo soldado y a nuestros activistas soldados los han matado. Los siguen matando.
Viví en Canadá en los años ochenta. Allá conocí el frío más intenso jamás sentido, la bohemia adolescente, los tulipanes y el amor en cada esquina. Fueron tiempos en los que devoré libros, medité, bailé, conocí el sushi y –sí, repito, insisto, reitero– me enamoré en cada esquina. Mi papá, el doctor Gustavo Tovar Báez, decía que el mito de besar al sapo para encontrar una princesa era incierto, que toda mujer era una princesa y si uno intentaba genuinamente subir nuestro estatus social de clase proletaria a realeza correspondía besar tantas princesas como fuese posible. ¿Debí besar a la reina chavista? En realidad, me dio asco. Pero ese es otro cuento. Sigo.

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