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Humberto González

No solo es la falsa oposición venezolana quien se ha embarcado una vez más en la tesis de una salida negociada del régimen chavista. Con la administración de Joe Biden poderosos grupos de interés y lobbistas dentro del partido demócrata también han hecho suya la tesis de provocar una negociación con el chavismo y ablandar las sanciones contra el régimen. La principal razón por la cual la falsa oposición busca en forma desesperada una negociación con el régimen es porque quiere formalizar esta nueva etapa de cohabitación y reinserción en el sistema político chavista como la oposición oficialmente admitida con la esperanza que algún día pueda heredar las prebendas del estado chavista.

La oposición domada

Hay que admitir que la maestría política de Hugo Chávez para asegurar la implantación de su modelo de estado estuvo en la articulación de una estrategia para la creación de una oposición a su medida. Al igual que Acción Democrática, URD y Copei en 1958 diseñaron una política para asegurar el sostenimiento del estado de partidos, que luego fue consagrada en la Constitución de 1961, el chavismo plasmó su política de estado de partido único en la constitución de 1999 tomando las previsiones para más nunca entregar el poder. Parte esencial de este modelo es la coordinación de una fuerza política que a través de varios partidos diluya la energía de las protestas en eternas negociaciones y elecciones presentándose a sí misma como una oposición al régimen, aun cuando solo sea una de las patas que lo sostiene y lo valida.
La grave situación de orden público interno e inseguridad que se vive en Venezuela es quizás la mejor demostración de que efectivamente el régimen tiene planes y programas, aunque sus efectos sean nefastos para el resto de la población. Desde tiempos de Hugo Chávez se articularon alianzas con grupos terroristas internacionales y con las nacientes megabandas locales con propósitos muy concretos.
Si algo ha de ocurrir que perturbe la estabilidad del régimen chavista no será precisamente resultado de unas elecciones. Ni de un estallido social espontáneo como tantas veces se ha invocado. Los operadores de la falsa oposición se han convertido en los mejores abogados del régimen y apuestan por su sostenimiento. El resto de la población venezolana está depauperada luchando por su propia supervivencia diaria y sin una dirección política capaz de dirigir la protesta social. Las opciones de fuerza, vía intervención internacional o fractura interna, lucen inciertas e inviables en este momento.
Abunda la evidencia que la falsa oposición atrincherada en el llamado gobierno interno de Juan Guaidó trabaja activamente en una nueva estafa política. El objeto de este nuevo fraude es justificar ante los venezolanos la necesidad de levantar las sanciones al régimen con el pretexto de permitir la entrada de la ayuda humanitaria y participar en las elecciones regionales de noviembre para supuestamente lograr o mantener “espacios de lucha democrática.”
Para los efectos de este escrito me referiré a la denominación genérica de falsa oposición para aludir directamente al grupo del G4 que orbita en torno al llamado gobierno interino de Juan Guaidó. El otro grupo también de la falsa oposición integrado por los alacranes ya opera desde el corazón mismo del régimen y prácticamente no tienen ninguna diferencia con el chavismo.
Estamos frente a un hecho cumplido, una decisión ya acordada. Las dos alas de la falsa oposición (Capriles y Guaidó-López) ya resolvieron que en esta nueva fase necesitan un mejor acoplamiento con el régimen chavista. De lo que se trata ahora es de cómo justificar y explicar al país y a sus propios seguidores el propósito y el alcance de la nueva maroma.
Si algo ha quedado en evidencia luego de los enfrentamientos entre las fuerzas militares del régimen chavista y el grupo disidente de la FARC dirigido por alias Gentil Duarte en el estado Apure es la profunda debilidad de las FANB chavistas. Y esto no es poca cosa si se entiende que en la ecuación de poder del chavismo las fuerzas armadas son un factor esencial. Sin fuerzas armadas que se impongan por la violencia sobre la población civil desarmada sencillamente no habría régimen chavista. Por eso lo que ocurra en lo interno de estas fuerzas armadas sin duda impacta la estructura misma del régimen.
El tema de las negociaciones y acuerdos de la falsa oposición con el régimen chavista no es nuevo. De hecho se ha convertido en la estrategia preferida del régimen para diluir a la supuesta oposición en sus propias contradicciones y sobrellevar las consecuencias de confrontar con países como los Estados Unidos.
Frente a esta simple y elemental pregunta hay quienes saltan de inmediato para cuestionar incluso su pertinencia. ¿Cómo se podría poner en duda el apoyo de los Estados Unidos al gobierno interino? dicen intentado escaparse de la respuesta. Otros en la misma línea de pensamiento dan por descontado el apoyo automático y agregan que además hay 60 países que al unísono apoyan eso que se ha llamado el gobierno interino de Juan Guaidó.

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