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Tulio Hernandez

Sociólogo experto en cultura y comunicación, columnista del EL NACIONAL, consultor internacional en políticas culturales y ciudad.

“Cuando Hugo Chávez fue elegido presidente en 1998, unos veinticinco mil judíos vivían en Venezuela. Hoy quedan quizás siete mil”. Es lo que afirma el fotógrafo Thomas Wagner, en un reportaje publicado por la revista colombiana Arcadia, a finales del año pasado, bajo el título “La comunidad judía que resiste en Venezuela”.
El pasado 19 de marzo, “El Coqui”, jefe pandillero de una de las bandas criminales de la populosa barriada llamada Cota 905, se salió de sus territorios habituales. Bajó con sus bandoleros motorizados, armados hasta los dientes. Tomó los accesos de los túneles de El Paraíso y La Planicie, en Caracas. Detuvo el tráfico vehicular en la zona. Retuvo a tres funcionarios policiales a quienes sus pistoleros atracaron igual que a los conductores de vehículos detenidos dentro de los túneles. Y luego, en medio de una balacera, se marcharon con el propósito frustrado de atacar –para hacerse con armamento y material militar– el comando de la Guardia Nacional ubicado frente a la Plaza Madariaga.
Los chavistas, su cúpula, han sido pésimos gobernantes. En cambio, en asunto de tácticas para mantenerse en el poder, no importa por cuáles medios, son astutos. Eficientes. Casi inderrotables. Destruyeron la nación. Han sido también personalidades profundamente deshonestas. Pero como lo decisivo en su ética es no perder el control total del poder político, nada les importa. Desde hace mucho, le vendieron el alma al diablo.

La nostalgia electoral

La democracia también puede ser solo un recuerdo. La confirmación de que, en algunas ocasiones, el tiempo pasado efectivamente fue mejor. Y las elecciones libres, una forma de añoranza. Una fiesta cívica a la que no nos volvieron a invitar. Un olvido.
Hubo una época, yo diría que en los primeros 15 años del siglo XXI, cuando la migración venezolana era denominada colectivamente bajo el nombre de “la diáspora”. Para entonces nuestra migración aún no era un fenómeno masivo y estaba muy lejos de superar numéricamente, como hoy en día, a la migración siria que encabezaba todas las estadísticas.
Habrá que buscarle un nombre contundente, porque así como hay fechas patrias que la mayoría de los ciudadanos de un país quieren y deben conmemorar con orgullo –el 19 de abril de 1811, por ejemplo–, hay otras que es necesario no olvidar. Pero por lo tristes, dolorosas y trágicas que fueron para el destino de sus naciones. Una de ellas es para Venezuela el 4 de febrero de 1992. El día o la noche del fallido golpe de estado conducido, entre otros militares felones, por un peligroso aventurero barinés llamado Hugo Rafael Chávez Frías. Ese día debería llamarse el Día de la Infamia. Y apenas recuperemos la democracia en Venezuela debe declararse fecha de luto. De silencio y meditación. De tristeza y de pesar.
Una prueba fehaciente de cómo la democracia entró en desgracia en Venezuela la encontramos en el hecho de que en el pasado sábado ni la Asamblea Nacional espuria de los chavistas ni la legítima, en la que los sectores democráticos son mayoría, hicieron el más mínimo gesto para conmemorar el aniversario número sesenta y tres del 23 de Enero. Tampoco, que me haya enterado, ninguna embajada, gobernación o concejo municipal del gobierno usurpador o de la resistencia democrática.
Afirmar que Nicolás Maduro, el presidente usurpador de Venezuela, es un funcionario público más mentiroso aún que el teniente coronel Hugo Chávez, es un atrevimiento. Porque todos sabemos que hasta el momento de su aparición en la escena pública no había existido en la historia de Venezuela un jefe político que tuviese tan grande pulsión a mentir y tan grande facilidad al hacerlo como el líder golpista del 4 de febrero de 1992.
¿Cuántos años más gobernará el totalitarismo en Venezuela? Es muy difícil predecirlo. Porque el próximo 2 de febrero se cumplirán veintidós años del ascenso del chavismo al poder y no hay en el horizonte señales suficientes para pensar que su mandato tenga pronta fecha de caducidad. Lo que sí queda claro es que veintidós es demasiado tiempo. La suma en años transcurridos, por ejemplo, entre las presidencias de Betancourt, Leoni, Caldera, Pérez y los dos primeros años de Herrera Campins. Casi cinco periodos .
Lo he escrito muchas veces. Venezuela es una de las pocas naciones de Iberoamérica –no me atrevo a decir que del planeta– donde prácticamente todos sus habitantes se sientan a la misma hora, los días 24 y 31 de diciembre, a compartir los mismos alimentos para celebrar la Navidad y el Año Nuevo.

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