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Tulio Hernandez

Sociólogo experto en cultura y comunicación, columnista del EL NACIONAL, consultor internacional en políticas culturales y ciudad.

América Latina ha entrado en una inestabilidad amenazante y sería una lectura simplista creer que es solo por obra de los Petro, los chavistas y el Foro de Sao Paulo. Que también juegan rudo, y sucio, por supuesto. Pero en el fondo de todo están unas sociedades que no logran superar las profundas desigualdades sociales que llevan dentro, y tampoco –ni las izquierdas, ni las derechas para seguir usando un esquema que no sirve, pero sobrevive–, superar la cultura autoritaria, de tiranuelos bananeros, inscrita en nuestro ADN político desde los tiempos coloniales.
Así podría titularse un film documental sobre la historia institucional de las Fuerzas Armadas venezolanas. Narrada entre dos grandes escenas.
Si alguien tenía esperanzas creyendo que la inclusión de dos miembros no rojos en la directiva del CNE era una señal de apertura democrática del chavismo, mi sentido pésame. La ejecución militarizada del embargo a la sede de El Nacional, el pasado viernes 14, es una clara advertencia en sentido contrario.
Que el gobierno de facto dirigido por Nicolás Maduro haya nombrado presidente de la institución electoral a un ex ministro de Hugo Chávez y también de Maduro es –no hay manera de interpretarlo de otro modo– un escupitajo en pleno rostro del adversario. Una afrenta y una burla. A la Constitución, las leyes, el sentido común y la dignidad de los venezolanos. Especialmente a la resistencia democrática.
Al Aristóbulo Istúriz que yo conocí le dije adiós hace muchos años. Quizás dieciocho, más o menos a un año de su entrada en el mundo oscuro del poder absoluto que significa ser gobernante en un aparato totalitario. En aquel momento no sabíamos aún el apocalipsis que nos aguardaba, pero igual hice mi duelo no solo por aquella amistad también por el dirigente perdido para la causa democrática.
I. Varias generaciones de jóvenes han crecido creyendo, de manera inocente, que el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles fue creado por la autodenominada Revolución Bolivariana devenida luego en Socialismo del siglo XXI.
“Cuando Hugo Chávez fue elegido presidente en 1998, unos veinticinco mil judíos vivían en Venezuela. Hoy quedan quizás siete mil”. Es lo que afirma el fotógrafo Thomas Wagner, en un reportaje publicado por la revista colombiana Arcadia, a finales del año pasado, bajo el título “La comunidad judía que resiste en Venezuela”.
El pasado 19 de marzo, “El Coqui”, jefe pandillero de una de las bandas criminales de la populosa barriada llamada Cota 905, se salió de sus territorios habituales. Bajó con sus bandoleros motorizados, armados hasta los dientes. Tomó los accesos de los túneles de El Paraíso y La Planicie, en Caracas. Detuvo el tráfico vehicular en la zona. Retuvo a tres funcionarios policiales a quienes sus pistoleros atracaron igual que a los conductores de vehículos detenidos dentro de los túneles. Y luego, en medio de una balacera, se marcharon con el propósito frustrado de atacar –para hacerse con armamento y material militar– el comando de la Guardia Nacional ubicado frente a la Plaza Madariaga.
Los chavistas, su cúpula, han sido pésimos gobernantes. En cambio, en asunto de tácticas para mantenerse en el poder, no importa por cuáles medios, son astutos. Eficientes. Casi inderrotables. Destruyeron la nación. Han sido también personalidades profundamente deshonestas. Pero como lo decisivo en su ética es no perder el control total del poder político, nada les importa. Desde hace mucho, le vendieron el alma al diablo.

La nostalgia electoral

La democracia también puede ser solo un recuerdo. La confirmación de que, en algunas ocasiones, el tiempo pasado efectivamente fue mejor. Y las elecciones libres, una forma de añoranza. Una fiesta cívica a la que no nos volvieron a invitar. Un olvido.

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