Hay dos visiones presentes en el corregimiento de La Parada en Colombia, aledaño al puente Internacional Simón Bolívar. Una que nos muestra una absoluta soledad en los accesos a esta infraestructura desde del lado colombiano, soledad que se rompe con el paso graneado de grupos de venezolanos hacia San Antonio del Táchira.

La otra visión, es la de una calle abarrotada de comercios, de compra venta de productos y sobretodo, plena de compradores venezolanos que han burlado, con su paso por las trochas, los controles policiales y militares de una “frontera cerrada”.

Cuatro controles policiales colombianos se extienden en los dos kilómetros y medio que separan al monumento al general Santander en Villa del Rosario y el puente internacional. Desde allí las personas, la mayoría venezolanos que fueron sorprendidos por las medida de cierre de fronteras con Venezuela, ordenado por el presidente Duque, deben iniciar el camino para superar las vallas, los controles y las condiciones climáticas para poder llegar al puente y llegar a San Antonio.

Con sus maletas y cargas, en cada punto, deben ser pacientes y esperar, a veces horas, hasta que se autorice su paso por los funcionarios de la Policía Nacional. Así en cada control. Colombia intenta darle orden a este “canal humanitario” para evitar que ocurran hechos como los del domingo 15 cuando, un grupo de desadaptados derrumbaron las barreras y generaron hechos violentos que obligaron al cierre del proceso.

En grupos van llegando al puente, cada uno con su tapaboca porque si no lo tienen la Guardia Nacional venezolana no les deja ingresar a San Antonio. Antes de cruzar, funcionarios del Instituto Nacional de Salud de Colombia los testean: toman temperatura y verifican. La orden es clara: si se presenta algún caso sospechoso se activa el protocolo y se traslada la persona hasta el Hospital “Erasmo Meoz” en Cúcuta para su aislamiento.

Mientras esto ocurre en el puente, en la zona comercial de La Parada la vía continua normal. Todos los locales abiertos, la compraventa de alimentos, medicinas y otros insumos. Cientos de venezolanos sin protección alguna abarrotando los locales comerciales.

Hasta acá la necesidad vence al miedo y las ordenes oficiales. “La gente pasa por las trochas alejadas. Las que están cerca del puente se encuentran controladas pero las otras no tienen problema. Les están cobrando, de acuerdo a la carga, entre 20 mil a 70 mil pesos” dice uno de los comerciantes consultados.

Es aquí cuando el cierre de frontera pasa a ser una fantasía en la porosa frontera colombo-venezolana. En donde se une la corrupción de funcionarios y civiles del lado venezolano de la frontera con la incapacidad de los colombianos de poder cerrar todos los pasos entre Ureña y San Antonio del Táchira.

“Por necesidad mijo, por necesidad…” es la respuesta de uno de los compradores venezolanos a la pregunta sobre su razón para tomar tantos riesgos para su integridad y su salud. Esa necesidad que ha hecho de Venezuela un país de pobres. (Alans Peralta)

Por Alans Peralta

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