Sofos de Mileto

Nacemos y crecemos condicionados.

A diario expresamos emociones, pensamientos y acciones, sin tener conciencia de ellos, y nos convertimos en seres autómatas. Esto lo repetimos día a día. Los humanos hemos sido programados por la cultura y por nuestras familias, y nosotros hemos aceptado y participado de esos condicionamientos de manera activa o pasiva desde nuestra más tierna infancia. Desde que estamos en el vientre materno se crean una serie de expectativas en torno nuestro. ¿Será varón o mujer? ¿Nacerá sin defectos o tendrá problemas? ¿Qué nombre le pondremos? ¿Cómo lo vestiremos? ¿Querrá más a la mamá o al papá? ¿Qué tipo de juguetes le gustará? ¿En cuál preescolar lo inscribiremos? ¿Qué tipo de creencias religiosas le inculcaremos? ¿Estudiará medicina o arquitectura como sus padres? ¿Cuándo nos dará el primer nieto? ¿Nos seguirá queriendo cuando estemos viejitos? De la misma manera la sociedad espera mucho de nosotros. Porque se supone que somos formados con valores y principios y como personas educadas. “Será una `persona de bien´, alguien productivo, que cumpla con sus responsabilidades, obligaciones y deberes ciudadanos.”

Venimos al mundo con múltiples condicionamientos generales. Reinaldo Rodríguez Anzola, en su libro “A la luz de la sabiduría”, cita una frase de Krishnamurti, que lleva este tema a un nivel superior, y la cual expresa: “Es obvio que todo pensar está condicionado; no hay tal cosa como libre pensar. El pensar jamás puede ser libre, es el resultado de nuestro condicionamiento, de nuestra cultura, de nuestro clima, de nuestro trasfondo social, económico y político.” Comenzamos a ser programados por las familias de origen, por los maestros, por la sociedad y por la cultura. Claro, de pequeños aún no tenemos “usos de razón”. Es que hasta la ley nos considera inhábiles o incapacitados civilmente -casi que llegando a una capitis diminitio máxima- para tomar nuestras propias decisiones. Se supone que la madurez inicial llega a los dieciocho años. Mientras tanto, quedamos sujetos a una involuntaria e inconsciente programación sistemática y familiar, que de una u otra forma nos influye desde niños.

Algunas personas se salen del marco de estas expectativas y se convierten en los “dolores de cabeza” de la familia y de la sociedad. Consumen drogas, tienen malas juntas, se dedican a realizar sus primeras fechorías, muestran rasgos excéntricos en su personalidad o simplemente llevan una vida diferente a la esperada por todos.

Cambiamos sin alterar nuestro nombre.

Antes de venir al mundo ya tenemos un nombre, con el cual seremos identificados por los demás. Nos guste a no, con ese vocablo nos van a particularizar. Nacemos, nos inscriben en el registro civil, nos estampan en el acta el nombre que nos han escogido y ella constituye el medio de prueba de nuestro nacimiento y de ese nombre. Luego, según la afiliación religiosa de los padres, se lleva a la criatura al centro religioso preferido por ellos y se realiza una ceremonia en la cual el representante espiritual lo incorpora a la iglesia. No falta la celebración de una reunión, con las personas más allegadas, para presentar al bautizado “en presentación oficial en sociedad”, y a partir de ese momento el aspecto y el nombre del bebé son reconocidos por todos los parientes, aunque no faltan quienes aseguren su parecido con otros miembros de la familia. La identidad se comienza a formar con la adquisición del cuerpo que recibe un nombre y la repetición constante del mismo por los padres y familiares hace que poco a poco quede grabado en la memoria asociado a ese ser. Pero, incluso, el nombre puede cambiar, porque en un proceso de adopción, por ejemplo, puede quedar enterrado en el olvido el original y adoptarse uno distinto, que también puede venir del gusto de los padres adoptantes.

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Superando el concepto de que la identidad se reduce al nombre, se comprende que ella tampoco se restringe a su relación con el cuerpo. En un álbum viejo de fotos fácilmente se puede detectar los cambios que se dan en una persona desde el momento en que nace hasta que llega a la vejez. Sabemos que el cuerpo no permanece estable a lo largo del tiempo, sino que se modifica con la edad. Las células cambian por completo, lo que significa que ni siquiera el cuerpo que tenemos en la actualidad es el mismo de hace siete años, ni será el mismo dentro de siete años. Además del cuerpo cambian los aprendizajes, las emociones que caracterizan a cada persona, sus hábitos y maneras de pensar y, en fin, sus creencias y sistema de valores, que con el paso de los años experimentan renovaciones o evoluciones sustanciales. Sin embargo, esa persona continúa manteniendo una identidad que es reconocida por los demás con el nombre que le fue impuesto al nacer.

Rotulados por la sociedad.

Sin embargo, parece que la identidad tampoco es única. La sociedad nos asigna otros nombres según la actividad que desempeñemos. Desde que nacemos desarrollamos diferentes papeles, de acuerdo a distintas perspectivas: de hija o hijo, de hermana o hermano, de prima o primo, de sobrina o sobrino, de nieta o nieto. Y a medida que crecemos se va ampliando el número de papeles: alumna o alumno, amiguita o amiguito, compañera o compañero, novia o novio, esposa o esposo, separada o separado, divorciada o divorciado, viuda o viudo, huérfana o huérfano.

Ni hablemos de la actividad laboral: abogado, médico, carpintero, zapatero, albañil, psicólogo, obrero, comerciante, vigilante, barrendero, carnicero, campesino, ingeniero, empleado, jefe, asistente, gerente, presidente, ministro, cocinero, historiador, profesor. Adicionalmente, desde pequeños, recibimos apelativos por parte de los demás; son sobrenombres o calificativos que ellos utilizan para identificarnos con conductas o emociones: necio, desmemoriado, hiperactivo, pasivo, bruto, imbécil, inteligente, genio, malgeniado, depresivo, tóxico, divertido, amargado.

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Fácilmente se puede deducir que nuestra identidad está atosigada de rótulos, calificativos, títulos y toda clase de funciones o papeles. Estas marcas son condicionamientos por los cuales los seres humanos quedamos programados para cumplir ciertas expectativas, mientras interiormente nos sigamos identificando con cualquiera de ellos.

¿Liberarnos de los condicionamientos?

Lamentablemente, estamos dominados por todo aquello con lo cual nuestro ser se identifica, mientras que hasta cierto punto podemos controlar y dominar todo aquello con lo cual no nos hemos identificado. El proceso inverso se verifica en las personas que dejan de identificarse con sus emociones y pensamientos, liberándose de ellos. Pero hay que tener claro de qué liberación estamos hablando. El propio Krishnamurti lo expuso magistralmente: “Si emprendo deliberadamente la tarea de liberarme de mi condicionamiento, ese deseo crea su propio condicionamiento. Puedo destruir una forma de condicionamiento, pero quedó atrapado en otra. En cambio, si comprendo el deseo mismo, que incluye el deseo de liberarme, entonces esa misma comprensión destruye todo condicionamiento. La libertad respecto al condicionamiento es un producto secundario; no es importante. Lo que importa es comprender qué es lo que da origen al condicionamiento.”

¿Quién elige en tu vida?

Y cuando entendemos todo el proceso del deseo, y así damos el primer paso para salir de la esclavitud de la identificación, surge la frase mágica, la que da sentido a todo, la que encierra la pregunta básica de la filosofía: ¿Quién soy?

Qué maravilla cuando llegamos a este punto. Es aquí donde nos planteamos un cuestionamiento profundo sobre las elecciones que verdaderamente estamos en capacidad de hacer en nuestras vidas.

Empieza el revoloteo en nuestra mente de interrogantes que nos hacen reflexionar sobre la libertad de elección en nuestra existencia: ¿Estoy en realidad eligiendo lo que pienso, siento y hago? ¿Cómo me cercioro que lo que pienso, siento y hago es una elección completamente libre y no una reacción inconsciente que estoy acostumbrado a realizar? ¿Siento que soy completamente libre y que en mi vida puedo tomar decisiones sin condiciones? ¿Qué tal es la calidad de las elecciones que hago en la actualidad y cómo me siento cuando las hago? ¿Mis elecciones van precedidas de una sensación interna de completa consciencia respecto a lo que pienso, siento y hago y de sus consecuencias, o más bien son rápidas, poco conscientes, guiada por la costumbre y desconociendo sus implicaciones?

Las respuestas las tiene cada quien. Nuestra intención en estos párrafos es generar una reflexión en el lector sobre dónde deja la elección que toma: fuera o dentro de sí mismo. ¿Quién elige en tu vida?

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