jueves, enero 20, 2022
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“Pure” nunca había caminado tanto en toda su vida, pero ahora recorre miles de kilómetros hacia Colombia en la afanosa búsqueda de los medicamentos que necesita una de sus hijas. El instinto maternal que manifiesta con todas las personas que la acompañan en el camino, le concedió su apodo, el cual usan algunos jóvenes venezolanos para referirse a sus padres o a cualquier persona mayor, sin distinción de sexo.
Perseverancia y esperanza son los adjetivos que definen a Katherine Elvira Polanco Blanco, una madre venezolana que vende dulces en las calles de Cartagena para sacar adelante a su bebé de un año, pero que en su camino ha visto ultrajada su integridad.
Escuchar las voces de Gregoria, Leidy, Andreina o Juan Marcos, cuando cuentan sus experiencias como migrantes, más allá de mover los sentimientos, sentir admiración y respeto, pareciera estar oyendo a personas adultas, con un cúmulo de experiencias y anécdotas con las que se pudiera escribir una larga historia. Nadie puede pensar que a los 15, 17 o 21 años se ha vivido tanto, y precisamente es está condición la que convierte a estos cuatro jóvenes venezolanos en inspiración para muchos. Han avanzado en medio de caminos escabrosos, han tenido limitaciones, contratiempos y seguramente frustraciones, pero nada los ha amilanado en la búsqueda de su bienestar y superación.
Ana decidió visitar a su familia luego de tres años de estar residenciada en Ecuador, pero al llegar a Venezuela se sintió como una delincuente por la forma cómo fue tratada en el punto de control fijo de la Guardia Nacional, Peracal, ubicado en el estado Táchira, cerca de la frontera con Colombia.

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