Por Leonor Peña

El eterno éxodo

A principios del siglo veinte más de veinticinco mil familias tachirenses

huyeron a Colombia atravesando el río Táchira

San Cristóbal…  donde comienza la patria

                                                                                                           Ramón J. Velásquez

Según cuenta con su palabra luminosa nuestro máximo historiador, en las primeras décadas del siglo XX el éxodo laceraba a la familia tachirense que sufría el tener que partir huyendo al destierro, por los caminos que conducen a la frontera colombiana.  Relata nuestro respetable paisano, que hace cien años por los senderos rurales y los caminos de San Cristóbal rumbo a Cúcuta se veían miles de tachirenses caminando como una procesión de penitentes huyendo hacia Colombia.  Era una legión de nómadas que salían escapando de la sangrienta dictadura de Juan Vicente Gómez, a quien representaba en San Cristóbal su primo Eustoquio Gómez, gobernador del Táchira.  Entonces la policía matonil de Eustoquio llamada La Sagrada, cumplía la orden vil de robarlos, quemarles sus casas y matarlos.  Roberto, Candelario y Mateo, era la contraseña que como mensaje cifrado enviaba el gobernador del Táchira a través de las líneas del telégrafo, y en órdenes a sus guardias y sicarios.

Exiliados en Cúcuta y otras ciudades del Norte de Santander, auxiliados por parientes y amigos, los tachirenses organizaron la resistencia anti gomecista dirigidos por el incansable y legendario héroe, símbolo de la dignidad tachirense, General Juan Pablo Peñaloza, quien rodeado de un combativo grupo de intelectuales, comerciantes, estudiantes y militares desterrados,  organizaba invasiones y atentados contra el dictador, que aún en el exilio lo hacía perseguir por sus  esbirros.  El Táchira fue arrasado y despoblado por la cruel persecución policial. En proporción al número de habitantes los desterrados fueron un porcentaje extraordinario, tanto que decía el economista y cerrero escritor Domingo Alberto Rangel, coincidiendo con Ramón J. Velásquez, que, según las proyecciones y estadísticas, este éxodo fue mayor en proporción al número de habitantes que el éxodo de los judíos perseguidos por el nazismo provocó en la Alemania de Hitler.

Cien años después

vuelven desde el exilio las esperadas cartas de amor y las viandas…

Partiré e un po moriré

                                                                  Dante Alighieri 

Y un día de estos años recientes del siglo XXI, la fuerza colectiva de las mujeres tachirenses como una ola de inquebrantable valor rompió las barreras de los guardias que mantenían cerrado el puente fronterizo, logrando abrir el paso a la romería salvadora, procesión incansable de gente cargando mercados y viandas para calmar la hambruna…    

Los ejércitos avanzan sobre sus estómagos   

Napoleón Bonaparte                                                                          

Como un ciclo pendular se ha cumplido esta frontera el éxodo bíblico de la huida…  Pareciera que el designio se hace realidad y regresa otra vez el destierro de los abuelos para marcar el alma con el dolor de partir, llevando ahora como entonces en el equipaje de nostalgias la memoriosa casa paterna, el maternal recetario de las abuelas, la música y los cantos, las voces y rostros amados, el adiós de los amigos.  Esta vez en ese equipaje emocional robando espacio viaja la angustia del huir de la más cruel dictadura, del escapar a tiempo de esas garras del poder absoluto que se impone desde la violencia del hambre. La angustia es también dolor por los que se quedan a expensas del aplastante régimen dictatorial, sentimiento de nostalgia que hace peso en la maleta del errante tachirense que en su destierro desanda los mismos caminos sin límites que transitaron por estas tierras del Norte de Santander sus antiguos parientes.   Aparecen entonces los bálsamos sanadores de las cartas de amor y las viandas que atravesando el río Táchira como una romería viajera, llegan con su promesa de nutrir el alma, aliviar el adolorido corazón y surtir la despensa para alimentar y reconfortar con su oportuna ayuda a los que se quedaron anclados, y así mitigar un poco el dolor de la ausencia.

Han sido estos tiempos presentes de exilio los que nos han recordado y enseñado de nuevo que somos hermanos, que no hay destierro, que no hay límites para ese río de afecto que corre por nuestras venas, que somos la misma gente bajo el mismo cielo compartiendo la bandera que nos une tres veces en sus franjas tricolor, para seguir contando la historia común que nos retrata. Para seguir nombrando a los hijos con los mismos nombres y los mismos apellidos. Para verificar lo aprendido en la cocina de la casa paterna y servir la mesa con la cuidadosa liturgia de la anfitriona materna. Para reconocer el arte del compartir el recetario heredado gracias a los cuadernos escritos de puño y letra por las abuelas, que mejor que un pasaporte diplomático nos hacen ciudadanos de la mesa familiar y nos rubrican que   somos ciudadanos de frontera que, es decir: la misma gente.    

Si, partir es un poco morir….    En este nuevo siglo el éxodo apocalíptico nos marca mucho más hondo el dolor y la herida del partir, porque sabemos que estamos dejando afectos de familia y amigos en el limbo de la crueldad ilimitada de esa dictadura delictiva que secuestra y desangra a nuestra patria. Y aunque la lección del ahora es casi la misma del ayer de los abuelos, el hoy nos enseña con el prodigio del presente, con la emoción del instante, a comprender  aún más  la hermandad medular que como el rio nos une, y nos sigue indicando que la lección es nueva y es antigua, es pretérita y ancestral pero que cada siglo regresa como una novedad para volver a unirnos por sobre límites espaciales señalados en fríos mapas, que no han logrado ni pueden contener la fuerza telúrica que nos conjuga en verbos sin tiempo para    unirnos  en amalgama como  gemelos siameses, y así acrisolados, seguir siendo aquí y ahora, como tachirenses y norte santandereanos, más hermanos.

La mesa que nos une

La primera mesa la sirvió Gea

El Táchira comparte con el Norte de Santander la extraordinaria realidad de nuestra geografía, en este territorio de maravilla con el que nos ha privilegiado la diosa naturaleza, la tierra madre Gea.  Somos la misma región agro alimentaría porque tenemos la misma biodiversidad marcando nuestra agricultura en las terrazas térmicas del variado tapete andino que compartimos. Cordillera de páramos, montañas, serranías, que se inclinan mansas en las vegas, valles y llanos bendecidos por las dulces aguas de correntías, ríos y lagunas. La riqueza natural que compartimos con los nortesantandereanos nos entrega como una bendición múltiple, como dijera el poeta Manuel Felipe Rugeles, el verde floral de las legumbres el oro frutal los racimos.  Aquí están también las argentinas luces de peces que habitan este mundo fluvial, y la abundante fauna silvestre, los ganados de especies propias y las llegadas con los colonizadores, que acompañan el frutecer de campos, bosques, sembradíos, huertas, sementeras para asegurarnos como región alimentaria una gran alacena fecunda.

La bondad de la tierra, la abundancia de nuestra agricultura y la presencia laboriosa de sus campesinos, de su gente trabajadora son el símbolo de bonanza de esta región.  Ello se demuestra con creces nuestra ciudad capital, San Cristóbal que aparece por primera vez ubicada en tiempo y espacio por la crónica española con el nombre del emblema vegetal que signa este valle de auyamales. San Cristóbal fue primero ese poblado aborigen que encontró en su expedición en busca del oro tan anunciado como tesoro de estos predios, el español Alonso Pérez de Tolosa, que al avistar las grandes plantaciones lo nombró Valle de auyamas, en referencia a la presencia de extensos sembradíos de auyama, especie vegetal que hasta el día de hoy es símbolo de abundancia, de buenos augurios, de buena suerte y sobre todo de celebración de cosechas.

La mesa del encuentro se dio en La Casa del Sol

cuando la tribu de los Cania recibió al Capitán español Juan Maldonado

que venía desde Pamplona con la misión de fundar San Cristóbal

Don Pedro de Ursúa se hallaba levantando gente para la conquista de los indios chitareros, y alistándose en sus banderas fueron de los que a la conducta de tan celebre consiguieron sujetar aquella nación guerrera y poblar la ciudad de Pamplona, donde Pedro Alonso de los Hoyos se avecindó y fue encomendero,  quedando desde entonces descubierto el camino para poder pasar con conveniencia desde El Tocuyo a Santa Fe.

                                                                                                                                                            Oviedo y Baños 

La leyenda de El Dorado ubicó ese lugar por los páramos y serranías de esta frontera del Táchira.  Aún en tiempos del Nuevo Reino y hasta el siglo XIX se   contaba la fábula de una gran ciudad con un gran palacio de oro llamado La Casa del Sol, que atrajo como un canto de sirena a los expedicionarios españoles a la provincia de los Cania, que la crónica llamó Cania Dorada.  Era esa región aledaña a la de los chitareros  que se decía tenían sus poblados sobre grandes montañas de oro señaladas por el contar popular y los  juglares como  La Casa del Sol y El Dorado que invitaban con su aurea riqueza mineral a ir en su búsqueda…                         

Entrevista

                                                                                                                                                                   Ramón J. Velásquez

Es a Juan Maldonado a quien la Audiencia de Pamplona comisiona para fundar la villa de paso que hoy es San Cristóbal. Era marzo del año de 1561 cuando llegan al poblado de Cania, habitado por indios tranquilos que les ofrecen tubérculos y frutos para el parco yantar, motivo por el cual establece allí su cuartel general…  Desde esa aldehuela ordena los necesarios reconocimientos, que a poco le traen la nueva del Valle de Quinimarí.                                                                                                 

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                                                                                     San Cristóbal   donde comienza la patria

Discurso

             Ramón J. Velásquez                                                                                                                       

  Y la carretera trasandina nos integró definitivamente a Venezuela                                                                                                 

En el año 1925, cuando los caraqueños y orientales empezaron a recorrer la Carretera Trasandina, como quien encuentra un mundo nuevo, van a descubrir una increíble variedad de paisajes, millonarios en los matices del verde, singulares por la transparencia del aire y la inmensidad de los cielos en las alturas de los páramos, en contraste con la alegría sosegada y el clima tibio de los alegres valles y serranías y como habitantes de ese universo, unas comunidades pacíficas y cordiales, entregadas al cultivo de la tierra y a las artes de la paz, dueñas de una cultura tradicional  traducida en el buen trato social, en la abundante y variada despensa y en la sazonada cocina, en el interés por la enseñanza de las letras, las artes y los oficios y en el espíritu de trabajo y previsión que presidía sus vidas                                                                                                                                                                                                                                        

        Soledades andinas

        Ramón J. Velásquez                                                                       

Talud derrumbado.  Con este título el escritor tachirense Arturo Croce, relata el tiempo del antes y después de la carretera trasandina.  Esa frase proyecta con luces de verdad la realidad de ese Táchira anterior a la Carretera Trasandina que   llegó para derrumbar el muro de distancia que nos mantenía en la niebla de la lejanía con el resto de Venezuela, y sobre todo con el eje del poder nacional que se ejerce desde Caracas.

Antes de la Carretera Trasandina, el Táchira era una provincia prospera, pujante, adelantada en el tiempo rural del resto de provincias venezolanas, que tenía una vida plena de comercios, colegios,  ateneos, salones de música, salas de  conciertos, librerías, periódicos, almacenes, sastrerías  y  en ciudades como Rubio, San Cristóbal, Táriba, La Grita, atesoraban su alborada intelectual gracias a la presencia pedagógica  de escritores y  maestros llegados de Colombia, que regían y alumbraban el camino con su ilustración.  Ese era el Táchira que Ramón J. Velásquez cuenta desde la armonía de su prosa poética enmarcada en el rigor histórico para narrar esa región…  de unas comunidades pacíficas y cordiales, entregadas al cultivo de la tierra y a las artes de la paz, dueñas de una cultura tradicional traducida en el buen trato social, en la abundante y variada despensa y en la sazonada cocina.  

El Táchira hasta entonces estaba más vinculado a Colombia.  Una muestra de ello era que para viajar de San Cristóbal a Caracas, se debía salir por Cúcuta o por el llano tachirense camino al puerto fluvial y de allí en barco por los ríos hacia el Lago de Maracaibo para seguir a Curazao, en donde se debía adquirir documento de turismo para viajar por mar hasta Caracas.   Las prosperas casas comerciales, grandes almacenes  de origen europeo que importaban todo un inventario gastronómico y utilitario desde hilos, agujas y alfileres, vajillas, ollas, vinos, enlatados, embutidos, jamones y delicateses hasta un gran auto Studebeker,  vinculaban especialmente al Táchira con el puerto lacustre de la pujante ciudad de Maracaibo y  al  dinámico puerto terrestre colombiano que era y sigue siendo  Cúcuta,  para formar así  como un gran eje geográfico, una media luna de bonanza que se regía por el precio del oro y el café establecido desde los mercados de Hamburgo, Londres y New York.  Por ello la presencia alemana llevando con disciplina los cultivos y el comercio internacional del café tachirense, la constancia y gerencia de los emigrantes europeos junto a la fuerza laboral colombiana y de los emprendedores agricultores regionales, fue fundamental para activar un mundo que era un caleidoscopio de experiencias culturales de extraordinaria vinculación con Europa y Bogotá, a donde se viajaba con mayor facilidad que a Caracas.

El Táchira hasta 1925 era una provincia con una muy estrecha relación comercial y fuertes vínculos sociales con Cúcuta, Pamplona, Bucaramanga, Bogotá.  Esa relación se hermanaba tanto en el intercambio comercial como en los lazos familiares de afecto por la temprana convivencia que se establecía desde los colegios de primaria, que en el Táchira eran dirigidos por maestros y pedagogos colombianos como por el gran número de estudiantes que eran enviados a los colegios de bachillerato  como  internos y a universidades o seminarios de esas ciudades colombianas, de donde regresaban siendo más  tachirenses al afirmar desde la nostalgia el aprecio por su lar nativo, al tiempo que adquirían una gran cultura colombiana.

Esa herencia de hermandad es ahora, en este dramático éxodo del siglo veintiuno  la que renace de nuevo en la solidaridad de hermanos siameses que se refleja como ayer en el viaje de peregrinación que atraviesa las ondas del límite que es nuestro Río Táchira que vuelve a ser una vía de viaje, de salida, de escape por la frontera, para mantenernos unidos por esa energía medular que nos salva de la hambruna, que nos abre las puertas del exilio para seguir otros caminos hacia el lejano destierro.  El Río Táchira que, en esta hora de angustia, vuelve a ser más cause de encuentro que de límite.

El poder como el amor entra por la cocina

La lección de mando de un muy señor tachirense nacido en Pamplona, me llegó en el consejo inspirador de mi padre, cuando siendo niña le pregunté: ¿para qué me serviría tomar las clases de culinaria si mi madre no me permitía entrar a la cocina?   Y respondió que me sería muy útil, que me serviría sino para cocinar, para hacer algo       –que por cierto nos gusta a los tachirenses tanto como comer-   aprendería a mandar.   Recuerdo sus frases:                Hay que aprender a hacer para aprender a mandar…

                                   Por qué el que no sabe hacer, no sabe mandar

Ese consejo, todo un postulado sobre el poder, me sirvió como guía y entonces las clases de cocina me iniciaron en el aprecio por el buen comer, y me indujeron, sino a ser una buena cocinera, a descubrir en la cocina y la mesa las mejores maneras de ser tachirense. A comprender los encuentros y desencuentros que nos entrelazan con los vecinos andinos de otras regiones venezolanas y sobre todo con los vecinos colombianos del Norte de Santander.  A valorar el trabajo de la cocinera de la casa y de otras casas de familia -en su mayoría colombianas- y sobre todo a conocer para amar la gastronomía como parte fundamental de nuestro patrimonio cultural.

Aprendí desde niña a copiar recetas y a diseñar cuadernos de cocina para convertirlos en recetarios. Y descubrí al revisar esos archivos domésticos de las familias, a conocer y reconocer para interpretar fórmulas registradas por las abuelas y bisabuelas y así rastrear afectivamente información, a la vez que aprendía entrevistando a sus autoras y releyendo en esos cuadernos nuestra herencia culinaria.  Descubrí que en la mesa del Táchira está presente junto al mestizo recetario español y aborigen, el recetario de los emigrantes italianos, alemanes, corsos, franceses y sobre todo el de nuestros vecinos de Pamplona. El resultado de estudiar para saber y conocer para amar me llevó a interpretar con orgullo la frase:   un pueblo es lo que come, y asumí con orgullo que si esto es así entonces los tachirenses somos un pueblo maravilloso.

Comer es siempre visitar la infancia

Me sorprendía la añoranza evocadora, la nostalgia de mis paisanos por esa cocina tradicional que les llevaba en el recuerdo a la mesa de la niñez. Me llamaba la atención su evocación del recetario, de los platos que se servían en la mesa tradicional. Esa remembranza evidenciaba la búsqueda de la patria emocional que es la infancia, en donde los recuerdos de la mesa de la niñez son siempre un territorio amado. Y conocí en las conversaciones de sobremesa con las abuelas comentando sus recetas, ese territorio emocional de la infancia tachirense en el que Pamplona es siempre una referencia, una señal de buen comer. Un hito en los recuerdos primeros por la maravilla de sus panes, repostería y colaciones, sus frutas y dulces, sus comidas, que marcaron la mesa de los paseos de la niñez, en esos tiempos sin prisa cuando el ritual exigía viajar temprano para llegar a la hora del gran desayuno, o del típico almuerzo en fincas y haciendas de los parientes; o a unas muy achocolatadas onces y meriendas en las casas de los amigos, primos, tíos, abuelos, pamploneses.

Pamplona es para nosotros los tachirenses, parte de ese territorio de la infancia que se prolongó a la adolescencia, porque para estudiar bachillerato nos inscribían en sus colegios que eran una excelente opción de calidad educativa. Esa presencia de los estudiantes venezolanos marco también a los pamploneses, tanto que puedo decir que hizo de Pamplona la ciudad más venezolana de Colombia.  Allí aprendimos la lección de ser un mismo pueblo, una misma gente al cantar cada día al inicio de clases en el patio escolar los himnos de Colombia y Venezuela, como si de una misma patria se tratara.  Pamplona fue para nosotros los tachirenses y para muchos estudiantes venezolanos de otras provincias, el aprendizaje temprano de partir lejos del hogar, de vivir tener como hermanos a nuestros condiscípulos de colegio y formar parte afectiva de sus familias, del deslumbramiento del primer amor, de participar y conocer un mundo social de costumbres domésticas que nos marcaron para siempre en lo fundamental, que suscriben esos tres verbos tan cinematográficos:   comer, rezar y amar.

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De Pamplona aprendimos a tener desde tiempos de la colonia el mestizo itinerario gastronómico del desayuno, onces o media mañana, almuerzo, merienda o puntal y la cena, y en ese itinerario el menú con las mismas recetas como si se tratara de una mesa paralela a la tachirense.  Pamplona nos funda como ciudad, nos forma políticamente como territorio de su provincia, nos alienta como patriotas en la causa de la libertad, nos educa como ciudadanos con disciplina en los internados de sus colegios, nos da una misma religiosidad desde sus seminarios, y en las convocatorias populares a celebraciones festivas con el mismo santoral que nos rige en rituales y devociones cotidianas y oficiales.  Pamplona nos ha entregado sobre todo el tesoro más preciado en la herencia de ancestros comunes, que es decir costumbres, tradiciones, fechas onomásticas, virtuosas artesanías domésticas en las que sobresalen las extraordinarias recetas antiguas que nos certifican que somos la misma gente que se ha reunido por sobre el tiempo, en la mesa que nos une.

Ahora en estos días de exilio, Pamplona nos ha recibido para hermanarnos y hacernos sentir en la casa de los abuelos, al recrear y redescubrir que es mucho lo que compartimos, y que esa unión se evidencia con mayor énfasis en la mesa y el recetario de cocina, que nos enlaza tanto como las bellas cartas de amor sin fronteras que aún guardan en sus cofres las abuelas pamplonesas y tachirenses.

 Recetas y recetarios que nos unen…  más que un acuerdo diplomático

 En esta frontera tachirense la mesa es un altar

Para seguir contando la historia de la gastronomía tachirense, tan extraordinaria en su variedad, en su afirmación, en su delineado perfil único y a la vez tan cercano a la mesa española que se hizo mestiza en esta frontera del Táchira y Norte de Santander, insistí en buscar aguas arriba por el rio de la memoria.  Me guio esa nostalgia por la mesa de su niñez que el Dr. Ramón J. Velásquez en los años ochenta, manifestaba al visitarnos, cuando no solo preguntaba por los platos de su infancia, sino por el recetario y el restaurante tachirense. Al saber que aún no existía, me habló de la necesidad de preservar este patrimonio.  Le conté de mi colección de recetas, y entonces me hizo ver que podía redactar una verdadera bitácora, para construir un arca protectora del tesoro de aromas y sabores del Táchira, y para ello precisó su encargo: Ordenar y convertir en libro mi recopilación.  Me encomendó consultar a Luis Felipe Ramón y Rivera para reconfirmar mis apuntes con el legado cultural de su extraordinaria investigación y me ofreció con generosidad editar mi compilación de recetas, mis descubrimientos sobre la forma de hacer y servir la mesa, mis entrevistas a las gentes de los pueblos del Táchira sobre sus platos tradicionales publicadas durante años en Diario La Nación, y me aseguró que ese trabajo debía reunirse como libro.

Cumpliendo ese encargo, me dedique a escribir sobre el tema inagotable de la cocina tachirense, y desde entonces puedo decir que he sido una escritora asomada al mundo de la gastronomía, que se asomó con la curiosidad de quien se acerca a mirar y se lo llevan preso por curioso.  A mí me ha apresado este mundo de la culinaria tradicional del Táchira, me ha secuestrado y sigo hipnotizada por esa maravilla de encantamiento que es la gastronomía tachirense, tan extraordinaria en su variedad, en su afirmación, en su delineado perfil que se remarca al servir.  Esa cocina tan única y a la vez tan cercana a la mesa de Pamplona, en donde se hizo mestiza para extender el mantel y servir el menú de esta frontera del Táchira y Norte de Santander.  En ese encantamiento que no me permite salir de la cocina, descubrí que allí entre aromas y humaredas habita gran parte del ánima popular de mi pueblo tachirense.  Ahora en Pamplona confirmo que esa ánima sigue transitando eternamente, sin límites como el río, los tiempos y espacios de esta frontera para decir presente, y extender el gran mantel de la celebración de nuestra cultura gastronómica en la interminable mesa que nos une a San Cristóbal y Pamplona, que es decir al Táchira y al Norte de Santander.  Entonces resolví que este testimonio pamplonés debía contarse, como lo hice con el patrimonio cultural gastronómico tachirense.

Este es el trabajo que cumplo desde Pamplona, contar…  contar desde los recetarios y recetas, recrear para crear este patrimonio cultural desde el Circulo gastronómico de Pamplona, y con el sello de nuestro programa editorial venezolanos en Pamplona, publicar gracias al patrocinio de nuestros amigos pamploneses y en especial a la fundación tachirense Finampyme, que ahora en Colombia es Finampyme Internacional.  Así hemos llegado a presentar la Serie de Patrimonio Cultural Gastronómico de Pamplona, en edición príncipe de cuatro sencillos libros que en formato de cuadernos contienen la recopilación de recetas de una excelente familia formada en el aprecio por lo propio,  como lo demuestra el hecho de haber atesorado los escritos de sus abuelas que desde el siglo XIX se dedicaron a copiar, con hermosísima letra en sus apuntes, recetas y secretos  de cocina que arriban hasta  hoy  gracias a ese trabajo minucioso de bisabuelas, abuelas y madres, hermanas y tias  que también continuaron en ello durante el siglo XX y que ahora en estos años veinte del siglo XXI se han acrecentado como recetas tradicionales  gracias al paciente y constante laborar de las señoras de  esta familia,  que como cocineras, nutricionistas, agricultoras, jardineras  y  cultoras de la gastronomía de su ciudad, se han dedicado a probar y actualizar esas fórmulas para preservar con amoroso esmero su patrimonio culinario, y así rubricar en Pamplona la presencia de su familia, tanto como cuando firman con sus apellidos:  Villamizar Ramírez.

Con la excelente cocinera, gastrónoma y nutricionista que es Martha María y con la esmerada jardinera que es Mariela, con ellas las hermanas  Villamizar Ramírez he realizado un minucioso, paciente, meticuloso y constante trabajo de precisar fórmulas culinarias  para reunir primero y clasificar, transcribir, diseñar y editar  en cuadernos ya publicados que  serán  en próximo tiempo compiladas y junto a las crónicas y ensayos sobre este tiempo de aprecio por esta heredad, editar como libro con el título que  merece: Cocina de Pamplona.  En los recetarios de la familia Villamizar Ramírez.

Como Programa de Revalorización de la Cultura Gastronómica de Pamplona, creado gracias al apoyo de nuestros amigos pamploneses, que participan solidariamente en esta iniciativa se han ejecutado nuestros cronogramas para realizar con éxito tertulias y degustaciones, desde el Circulo gastronómico de Pamplona.  Debo reiterar que esta iniciativa ha sido posible   gracias al patrocinio de nuestra organización tachirense Finampyme, que respalda nuestro programa Venezolanos en Pamplona, publicando en la  Serie Patrimonio Cultural Gastronómico de Pamplona los libros:

Recetario de la navidad pamplonesa

Hierbas y aromas de Pamplona

Recetas y recetarios en la mesa de Semana Santa

Dulce Pamplona

El Blog  Cocina de Pamplona   Colombia,   los talleres y conferencias, las degustaciones y exposiciones, y sobre todo el trabajo de cada día exponiendo resultados de la standarizacion del recetario, son parte de este trabajo de revalorización del patrimonio cultural gastronómico de Pamplona, en el que nos hemos  fortalecido en la lección diaria de la constancia, la paciencia y la disciplina, que como mapa mental traemos en la memoria generacional, por nuestros ancestros de cultivadores agrícolas, de estudiosos alumnos formados en el rigor militar o religioso, y en el respeto al patriarca familiar. Cultivar nuestras tradiciones apreciando por ello el recetario y las costumbres gastronómicas de ese universo doméstico que en el Táchira como en Pamplona es la cocina como patrimonio matriarcal -lo preservan las abuelas y las madres-, y el aprecio por la mesa, símbolo patriarcal, es lo que cumplimos, en Pamplona, donde al igual que en el Táchira, la mesa sigue siendo ese altar que preside el padre.

Con nuestro trabajo en pro de esta extraordinaria heredad pamplonesa estamos demostrando con acierto lo positivo de la presencia venezolana en Pamplona, y en ejercicio de la venezolanidad que impera en nuestro corazón agradecido con esta ciudad que nos ha recibido como emigrantes, para hacernos sentir en nuestra casa, desde la comprensión de ser eternos vecinos, ejercemos y coordinamos acciones teniendo como sitio oficial la oficina de Finampyme Internacional, ubicada en la Calle Real, en  el Museo Casa  Anzoategui, que lleva el nombre de nuestro compatriota el General venezolano  José Antonio Anzoategui, héroe de la Batalla de Boyaca, a quien honramos con nuestra labor y quien nos honra desde la historia de Colombia con su acción como General del ejército libertador .       

Desde Pamplona con el corazón en San Cristóbal, seguimos trabajando y demostrando que aquí en esta frontera sigue brillando con sus mejores luces La Casa del Sol

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