Los fatídicos episodios que se han suscitado en Venezuela durante los últimos años con la llegada del chavismo al poder desde diciembre de 1998, que han desencadenado una situación de crisis humanitaria, éxodo, pérdida de la soberanía en ciertos territorios, e incluso el señalamiento de funcionarios del Estado en instancias internacionales con acusaciones por crímenes de lesa humanidad y narcotráfico, hace propicio el escenario para examinar a través de las proclamas, manifiestos y cartas del libertador Simón Bolívar, quien arriba al 238 aniversario de su natalicio, qué opinión tenía éste sobre asuntos como la tiranía y la libertad, durante los arduos años que dedicó a consolidar la emancipación de América y a constituir repúblicas.

La primera declaración recogida a la que se puede remitir para apreciar el sentimiento que sostenía Bolívar sobre los sistemas despóticos, es el famoso juramento del Monte Sacro, realizado por Bolívar en Roma, a sus 23 años de edad, y en compañía de su maestro y amigo Simón Rodríguez. En aquel momento e instancia declaró no dar descanso a su brazo, ni reposo a su alma hasta romper las cadenas de la opresión española.

Su verbo encendido de pasión deja constatar que tenía el anhelo, la voluntad de fundar una empresa a la que le dedicaría el resto de su vida, y que el combustible que hacía arder en su pecho el quinqué de la libertad, era su repudio a que los destinos de la tierra donde nació fuesen dirigidos por un Monarca que vivía a miles de kilómetros y que nunca había, ni iba a pisar aquellos suelos.

Tiempo después, una vez de regreso a su Caracas natal, y avivado por la agitada atmósfera de cambios existente tras la renuncia del capitán general Vicente Emparan, el 19 abril de 1810, Bolívar redactará y dará lectura de una carta en el seno de la Sociedad Patriótica, reunida el 3 de julio de 1811, expresando:

Se discute en el Congreso nacional lo que debiera estar decidido. Y, ¿qué dicen? Que deberíamos empezar por una confederación: ¡como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía extranjera! […] ¡Que los grandes proyectos deben prepararse con calma! Trescientos años de calma, ¿no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía? […] Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es perdernos.

Con esta misiva, remitida al Congreso al día siguiente, Bolívar exhortaba a los diputados a que declarasen de manera inmediata la independencia de Venezuela del reino de España, y que se constituyera la república, como exactamente se hizo el 5 de julio. Esta cita deja en claro dos cosas, que el libertador no vacilaba al momento de tomar y defender una decisión, y que sus planes de liberación traspasaban la frontera de la hasta entonces Capitanía General de Venezuela, creada por Real Cédula expedida un 8 septiembre de 1777.

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Otro importante testimonio de puño y letra del Libertador, es la carta redactada en el Cuartel general de San Mateo (Edo. Aragua), el 24 de marzo de 1814, un día antes de que José Tomás Boves le atacara con su ejército. En la misma expresa:

Venezolanos: no temáis a las bandas de asesinos que infestan vuestras comarcas, y son los únicos que atacan vuestra libertad y gloria; pues el Dios de los ejércitos concede siempre el triunfo a los que combaten por la justicia; y jamás protege largo tiempo a los opresores de la humanidad.

Estas palabras son de suma importancia puesto que, para entonces, la Segunda República, instaurada apenas un año antes, se tambaleaba ante el asedio de un temible José Tomás Boves que avanzaba con contundencia sobre las posiciones patriotas. Bolívar en lugar de mostrarse temeroso ante un horizonte plagado de incertidumbre, busca hurgar en el aliento de su tropa y demás compañeros para sacar la valentía que se necesita en momentos tan oscuros. Se aprecia su confianza en la victoria puesto que considera que la justicia, así como la libertad, siempre terminan imperando sobre sus respectivos antónimos.

De una manera muy similar alienta a sus soldados tiempo después a través de una carta dictada desde su Cuartel General de Santa fe (Nueva Granada), el 17 de diciembre de 1814, donde se puede percibir no sólo su ánimo, sino además el concepto que tenía sobre el papel que debían protagonizar quienes atendieran a la carrera militar: “El soldado que expone su vida por defender la vida y libertad de sus conciudadanos, merece la gratitud general […].”

Para el Libertador, la toma de las armas se justificaba cuando obedecía a la defensa del sublime principio de la libertad, arrebatada ésta por aquellos que, en lugar de entenderse pacíficamente con sus semejantes, buscaban la manera de manejarlos por la fuerza para cumplir sus apetencias. En referencia a estos individuos, Bolívar escribía lo siguiente en su famoso discurso pronunciado ante el Congreso instalado en Angostura, el 15 de febrero de 1819:

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. […] porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía.

“La usurpación y la tiranía”, dos caras de una misma moneda que tiene terribles efectos en toda sociedad que toca. Como hace entender Bolívar, la democracia sería el único sistema que podría evitar que un individuo se perpetúe en el poder. Más adelante en este mismo discurso, dice que: “[…] los hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima, que más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.”

Se podría aseverar que la vida misma del Libertador rebate esta “humillante máxima” planteada en el imaginario popular, y con la cual está en abierto desacuerdo, al haber podido en apenas 13 años liberar los territorios donde posteriormente se erigieron 5 naciones. Su ahínco por la libertad era directamente proporcional al aborrecimiento que sentía de vivir bajo un régimen tiránico.

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Pero además, el tiempo le dio la oportunidad de ser ejemplo de coherencia con respecto a esta premisa que tutelaba su vida cuando ante los rumores de una posible búsqueda de ser coronado rey de los territorios libertados, dictó lo siguiente desde la que sería su última estancia, la Hacienda de San Pedro Alejandrino en Santa Marta (Colombia), el 10 de diciembre de 1830:

Colombianos, habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad, donde reinaba antes la tiranía. […] Me separé del mando, cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad, y hollaron lo que me es más sagrado: mi reputación y mi amor a la libertad.

Hoy, a 238 años del nacimiento de Simón Bolívar, vale la pena preguntar si sus enseñanzas aún pueden mover el músculo de una sociedad que, tras varios siglos de ser faro de emancipación latinoamericana, vive nuevamente el calvario de un régimen despótico, uno similar al que el Libertador enfrentó con tanta vehemencia y gallardía hasta vencer. Y si quienes podrían emprender tan excelsa empresa, tendrían la capacidad de dar un paso al costado si se percatan que el grueso de la sociedad desconfía de sus procedimientos.

Prensa Frontera Viva

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