Tulio Hernández

No lo dudemos. Por culpa del fiscal Barr, ya nadie confía en nadie. Desde el pasado jueves, en el Palacio de Miraflores, o donde quiera que estén encerrados los jerarcas del chavismo, la desconfianza parece haberse convertido en el sentimiento que todo lo abruma.

Es muy seguro que Maduro haya comenzado a percibir que sus edecanes y guarda espaldas, los mesoneros que le sirven fruta por la mañana, los choferes de las grandes camionetas en las que se desplaza, incluso Cilia –¡la propia Cilia, pensará él!–, los escoltas del G2 cubano, y uno que otro miembro del gabinete, actúan de manera extraña.

Ya no lo miran como antes. Con el respeto o el temor, o con la mezcla de ambos, que debe suscitar un Jefe de Estado. Un todo poderoso. Tampoco con el afecto que se supone se siente ante un camarada: un “compañero presidente”. Y no cualquier compañerito presidente, sino uno que fue designado, en medio de sus últimos suspiros, por el Comandante Eterno.

Es como para preocuparse. Desde que Barr le puso precio a su cabeza, Maduro tiene que haber percibido algo nuevo en los ojos de su círculo cercano. Un cierto brillo en las pupilas que delata codicia. Un pestañear nervioso que confiesa ambición. Una como sonrisita capciosa de alguien que dice para sus adentros: ¡Ay Nicolás, si te agarro no te suelto!

Es verdad que por Nicolás el Imperio ha fijado una recompensa mucho menor que la ofrecida por bin Laden, Hussein,  Noriega  o el propio  Gadafi. Lo que, de alguna manera, es una forma de subestimarlo. Pero quince millones de dólares no le hacen mal a nadie. Y no falta quien haya pensado incluso que organizando una banda pequeña, y picando el total en tres o cuatro fracciones, sigue siendo una cifra apetitosa.

Nicolás lo sabe y ha comenzado a ponerse nervioso cuando la señora, supongamos que se llama Blanca, la del café, lo mira como si él fuese un objeto del deseo. Y no precisamente sexual. O cuando Yhonder José, el chofer, se queda lelo mirándolo fijamente como si él no fuese un presidente, alto y voluminoso, sino una apetecible motocicleta negra y ancha de la más alta cilindrada existente.

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Ha estado tan nervioso, cuentan, o inventan  -ya no se sabe- que creyó ver dibujada con tinta fluorescente verde, en los ojos de uno de los porteros (que lo miraba a través de uno de los grandes espejos del salón del mismo nombre), esa S con una raya vertical que sirve para designar la divisa en la que ofrecen la recompensa.  

Como al pobre Nicolás le han llovido las siete plagas (o mejor dicho, se las ha buscado) –la caída de los precios del petróleo; el agotamiento de las reservas de gasolina para el mercado interno; la epidemia del Coronavirus; la negativa del préstamo solicitado al FMI; y, ahora la persecución de la Fiscalía gringa al más puro estilo del lejano Oeste– ya no logra dormir y se dedica las noches a ver televisión por cable.

Uno se imagina que Cilia, siempre tan cuidadosa, ha dado la orden para que bloqueen aquellos filmes que lo puedan alterar aún más. El primero censurado debe haber sido Zero Dark Thirty, que en español se conoció como La noche más oscura. Una película de suspenso estrenada en 2012 que narra, con detalles precisos, la labor de inteligencia previa y el asalto de las fuerzas especiales con el que se dio caza y terminó con la muerte de Osama bin Laden.

Y aunque Nico parece no ser un gran lector, es lo que cuentan sus compañeros del Liceo Urbaneja Achelpohl de Caracas, Cilia –nunca se sabe de lo que es capaz de hacer un hombre con insomnio– debe haber mandado a retirar también algunos libros de la biblioteca presidencial. El primero de seguro ha sido Misión: Lista Negra #1 en el que Eric Maddox narra, con la autoridad  que le da ser testigo de excepción, la búsqueda, captura  y muerte de Sadam Husein por parte del soldado que creó la estrategia.

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Igual, no lo dudemos, debe haberse asegurado de que tampoco entre la señal de la BBC. No vaya a ser que vuelvan a transmitir el documental Mad Dog: Inside the secret world of Muammar Gaddafi, conocido en español como “Perro loco”, el apelativo con el que Donald Reagan estigmatizó al tirano que durante cuarenta años sometió a Libia, hasta que una horda enloquecida de rebeldes –y esas tomas, por su salud metal, tampoco debería verlas Nicolás– lo vejó, humilló y asesinó con la misma crueldad miserable con la que en su vida él trató a sus adversarios.

Algo serio está pasando. El miedo es libre y el general Clíver Alcalá Cordones ya está listo para hacer de testigo contra Maduro en los United States. Parece, aún no es oficial,  que su ejemplo lo seguirá pronto el otro prófugo de la justicia conocido como el “Pollo” Carvajal.

Porque el indictment sienta un precedente fatal para Maduro y sus aliados. Si hubiese una intervención militar, cosa que la mayoría de los demócratas venezolanos no queremos, pero si la hubiese, la cúpula chavista ya no tendría la posibilidad de morir como víctimas del imperialismo americano y convertirse en héroes a la manera del presidente Salvador Allende en medio del bombardeo al Palacio de la Moneda del general Pinochet. Como el Che librando sus luchas inmortales en las montañas bolivianas. Ni siquiera amado por sus seguidores, como el Comandante eterno.

Maduro, Cabello, El Aisami ahora pertenecen a otro team.  Al club de los grandes capos del narcotráfico latinoamericanos. El de Santrich, Márquez, el Chapo Guzmán y Pablo Escobar. Y eso, por supuesto, es peor castigo que una cadena perpetua en una cárcel de los Estados Unidos.

Mientras tanto la señora Blanca, Yhonder, algunos porteros, guardaespaldas y edecanes, en Miraflores, por las noches, antes de dormir, dedican un rato a imaginar gozosamente todo lo que podrían hacer por el resto de sus vidas con 15 millones de dólares colocados en su cuenta de un banco en Florida.

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