Elaboraron más de 4.000 tapabocas con ilustraciones inspiradas en la fuerza de las personas que se vieron obligadas a huir de su país. | Por: FERNANDO HERNÁNDEZ / ACNUR

Fidelia Centeno casi cumple 80 años, pero es tan hábil en la máquina de coser como una operaria con la mitad de su edad. Le apasiona el trabajo que ha hecho prácticamente toda su vida y con el cual levantó a sus cinco hijos en el pueblo de Girón, Santander. 

Ella es la mayor de un grupo de mujeres migrantes venezolanas, refugiadas y desplazadas colombianas que montaron un emprendimiento para confeccionar tapabocas en plena pandemia. En un taller del barrio La Playa, en Cúcuta —el principal punto de entrada de la migración venezolana en los últimos cinco años— elaboraron más de 4.000 tapabocas con ilustraciones inspiradas en la fuerza de las personas que se vieron forzadas a dejar sus países.

Fidelia se siente feliz y agradecida de aportar con su oficio, a pesar de que a veces la aqueja un dolor en una rodilla: “los achaques de la vejez”, dice. En el año 2000 se fue a vivir a San Cristóbal, capital del estado Táchira, a buscar un mejor futuro. La atrajo la bonanza que vivía Venezuela y “el bolívar (la moneda venezolana) que estaba bueno”. “En esa época allá cualquiera le daba trabajo a los colombianos, uno conseguía fácil en haciendas o en cualquier negocio. Nos admiraban por nuestra capacidad y entrega”, dice la abuela que no ha parado de coser seis días a la semana.

Al otro lado del río Táchira, Fidelia se sintió como en su tierra, abrió su propio taller de costuras, se dio todos los gustos e hizo los mejores amigos. Hasta que en el año 2015 retornó a Cúcuta con solo una maleta porque la situación se “puso crítica”, ya ni podía hacer mercado. 

Cada tapabocas cuenta una historia, precisa la diseñadora Adriana Contreras, quien lideró el trabajo gráfico con el apoyo de la ilustradora Carolina Arias. El mensaje que transmiten con cada mascarilla es que los desplazados y refugiados se ven obligados a huir forzadamente. “Puede que la integración en nuevos territorios no sea fácil ni perfecta pero con solidaridad y empatía de las comunidades se reconstruyen y se reinventan”, expresa Adriana.

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Este emprendimiento, apoyado por Acnur, vende los tapabocas por la página web de la diseñadora Contreras y se envían a cualquier parte de Colombia. El 30% de los recursos obtenidos se destinará a fortalecer albergues en Cúcuta donde acogen y atienden a mujeres embarazadas o lactantes, y a sobrevivientes de violencia sexual y basada en género.

Desde otra mesa del taller, la venezolana Ana María Echezuría zigzaguea la tela en la máquina. Aprendió a coser cuando era niña al ver a su mamá, quien trabajaba en una fábrica de ropa en Caracas. Esa habilidad para las costuras, las manualidades y las decoraciones de fiestas han sido su tabla de salvación desde que se radicó en Cúcuta en el año 2017.

Ana María es profesional en administración de empresas, pero su título solo lo conserva de recuerdo: no ha podido apostillarlo en Venezuela, mucho menos convalidarlo en Colombia. Pero ella no se ha quedado quieta. También prepara almuerzos para verder a domicilios todos los días y así ha podido mantener al tropel de familia que se trajo de Caracas: su suegro de 89 años, su mamá de 72, su hija mayor de 27, su hijo menor de 7, su nieto de 4 años y sus sobrinos de 12 y 10 años.

El emprendimiento para la confección de tapabocas la integró más a la comunidad y le despertó la pasión por los textiles. Hoy, Ana María anhela tener su propia máquina de coser para dedicarse a este oficio, el mismo que en su momento le permitió a su madre sacar a la familia adelante.

Al grupo de emprendedoras se sumó Elsida Florez, una activista social cucuteña que las apoyó prestándoles un taller acondicionado con máquinas de coser. El espacio pertenece a la Fundación Camino de Vencedores, de la que Elsida es miembro, y allí nació también la idea de elaborar unos tapabocas más sencillos para donarlos a la gente de escasos recursos.

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Como pudo, Elsida consiguió donativos de hilos, telas y cauchos, y las costureras los confeccionaron. Una vez hechos, se paraba a las afueras del Hospital Erasmo Meoz a donarlos a las familias que no podían comprarlos. Por eso, aunque la pandemia trastocó la vida de todos en el mundo, Elsida afirma que se siente feliz porque la gente verdaderamente se metió en el ‘cuento’ de ayudar al otro. Esta es la más valiosa enseñanza que le ha dejado trabajar de la mano con este grupo de migrantes, refugiadas y desplazadas.

Información de Proyecto Migración Venezuela

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