Por Tulio Hernández

Los chavistas, su cúpula, han sido pésimos gobernantes. En cambio, en asunto de tácticas para mantenerse en el poder, no importa por cuáles medios, son astutos. Eficientes. Casi inderrotables. Destruyeron la nación. Han sido también personalidades profundamente deshonestas. Pero como lo decisivo en su ética es no perder el control total del poder político, nada les importa. Desde hace mucho, le vendieron el alma al diablo.

A los chavistas no les tiembla el pulso al momento de violar las más elementales normas de la convivencia humana. Cuando hay que mentir, mienten. Cuando hay que reprimir, reprimen. Cuando hay que torturar, torturan. Y cuando hay que matar, pues matan. “Construir el hombre nuevo, la sociedad igualitaria y justa, defender la revolución de sus enemigos exige mano dura”, deben decirse a sí mismos frente al espejo en la mañana. Así lo creen y no sienten culpas. Como los asesinos en serie. Que siempre tienen una justificación sicológica para sus crímenes.

Por eso es tan difícil para la resistencia democrática tomar una decisión unitaria sobre el ir o no ir a las megaelecciones que el chavismo degradado en madurismo está ahora convocando. Porque cualquiera de los escenarios que nos podamos imaginar está siempre amenazados por un grupo de poder que no encarna un mínimo de respeto por la palabra sino un déficit de dignidad. Una cúpula en la cual no se puede confiar porque para ellos verdad y mentira no tienen diferencias.

Con ellos (son veinte años conociéndolos) nada es confiable. En sus razonamientos el honor es prescindible. Son una burla sin frenos. Maduro ha anunciado varias veces tener la cura del Covid y no le da vergüenza saber que no es verdad. Chávez anunciaba varias veces al año que un magnicidio se estaba preparando y nunca presentó pruebas ni un solo preso que lo verificara.

La oposición democrática fue a elecciones libres en el 2015, las ganó, y después, en el más puro estilo Fujimori, el chavismo inhabilitó al parlamento, apresó a muchos diputados, hizo huir del país a otros y terminaron sustituyendo la Asamblea Nacional por una Asamblea Nacional Constituyente elegida entre ellos mismos. Según sus propias normas.

Entonces, la pregunta costosa de este momento es ¿ahora qué debe hacer la resistencia democrática? Si votamos, perdemos. Y si no votamos también. Quizás la pregunta certera sea ¿en cuál escenario perdemos más porque sabemos que ganar —es decir, no darle aire al oficialismo para que siga en el poder con la legitimidad que hoy no tiene— es casi imposible?

Imaginemos cuatro escenarios. Uno: el peor y más factible. No hay acción unitaria. El gobierno solo hace pequeños cambios de maquillaje en el CNE, permite cierto tipo de observación internacional, pero no libera a los presos políticos, ni devuelve a los partidos opositores su legalidad intervenida, no ofrece condiciones de no intervención gubernamental en la campaña, ni equidad en el uso de los medios públicos.

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Entonces solo una parte de la oposición (no hablo de los “alacranes”) va a elecciones y como la otra parte no va, y la población desconfía del CNE, hay una gran abstención de los sectores democráticos, de modo que —salvo excepcionales enclaves—, el chavismo arrasa en todo el país y trata de recuperar la legitimidad internacional perdida. Otra vez rojo rojito.

Escenario dos: el mejor y menos probable. Sí hay estrategia unitaria y toda la oposición democrática va a elecciones. El gobierno acepta las condiciones exigidas por la oposición reunida en el G4 y las casi 60 democracias que no reconocen al régimen de Maduro. Como las elecciones son libres, y el chavismo cumple los acuerdos de no hacer ventajismo electoral, la oposición obtiene aproximadamente el 80% de los gobiernos locales. Comienza una era de convivencia y regreso a la democracia, el gobierno reconoce la nueva mayoría, las organizaciones opositoras se recuperan mientras surgen otras nuevas que vienen a refrescar el escenario. Se prepara el camino para ganar las próximas presidenciales. Los exiliados que regresan y los presos políticos liberados se reúnen con sus familias.

Escenario tres: una situación híbrida, triunfo con derrota, también factible. Hay estrategia unitaria, elecciones libres, se crea la nueva mayoría. El gobierno gana tiempo para relegitimarse internacionalmente y lograr que se eliminen las sanciones mientras se recupera, aunque sea a pequeña escala, la economía.

Es decir, se cumple el escenario dos. Pero al poco tiempo, el chavismo vuelve a sus andanzas. Boicotea a los nuevos gobernantes, inicia nuevos procesos judiciales contra dirigentes políticos opositores, alcaldes y gobernadores, y a la manera de Freddy Bernal en el Táchira, nombra “protectores” —autoridades paralelas a cada gobernación y alcaldía ganadas por la resistencia democrática— y se vuelve al esquema de guerra y persecución del presente.

Pero los gobiernos intervenidos, como lo hizo la AN desde 2019, se defienden, y aunque muchos alcaldes y gobernadores terminan en prisión o en el exilio, los gobiernos locales se mantienen activos hasta donde es posible, logran hacer resistencia y mantienen viva la lucha opositora con un nuevo esquema de organización a lo partisano.

Escenario cuatro: hay estrategia unitaria, pero para no ir a elecciones porque el gobierno no cede en nada para nuevas condiciones electorales. El régimen hace elecciones como las presidenciales de 2018 y las legislativas de 2020. Todo sigue igual. El chavismo en el poder, aunque sea espurio. La OEA, la UE y los EEUU siguen sin reconocer el régimen, mantienen las sanciones y se producen unas nuevas. La oposición, que ya ha sido diezmada, se queda fuera de toda institucionalidad pública y debe buscar nuevas estrategias de lucha que aprovechen al máximo las organizaciones internacionales de defensa de la democracia.

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Son cuatro escenarios posibles y ante ellos hay que decidir. Y los criterios para tomar la decisión son complejos. Pueden pensarse en cuatro también. Uno: la condición unitaria como principio. Sin unidad de acción ninguno de los escenarios favorables o menos malos es factible.

Dos: la mirada de largo plazo. Ningún escenario debe pensarse sin las consecuencias posteriores para, sobre todo, prever las acciones futuras de la cúpula militarista y las reacciones inmediatas de contraataque. Queda claro que en el triunfo de las legislativas del 2015 nadie previó que la estrategia oficialista sería reconocer el triunfo, pero actuar desde el primer día con miras a eliminar, sin pudor alguno, la nueva AN a como diera lugar.

Tres: entender la condición siquiátrica y prácticamente delictiva del grupo en el poder. Jugamos una partida de póker con un contendor tramposo, que tiene las cartas marcadas, y está rodeado de matones armados. Y que en oportunidades anteriores cuando veía posibilidades de perder una mano alteraba de inmediato las reglas de juego y así frenaba toda posibilidad de triunfo del contendor que juega con las cartas limpias: cambiar a última hora de mesa a los electores en las zonas donde siempre gana la oposición, rechazar las firmas recogidas para el revocatorio, la creación de las Misiones para impedir la revocación, cambiar el número de diputados en la Asamblea, y otras tantas artimañas.

Y cuarto, tomar la decisión, no por apetencias personales de activistas que quieren ser gobernadores, alcaldes o concejales, sino por lo que le convenga más a la resistencia democrática para mantenerse con vida y activa, y debilite más a militarismo, impidiéndole simulacros democráticos que le ayuden a recuperar la credibilidad perdida, interna y externamente, y ganar unos años más cómodamente en el poder.

Como dice el habla popular: “hay que meterle cabeza al dilema”. Pensamiento estratégico. Porque en política no hay reglas. La ortodoxia de que siempre hay que votar, aunque las condiciones beneficien al gobierno de facto, es tan simplista como la de que no se debe votar dentro de un gobierno de facto. Lo importante, cuando sabes que no puedes relevar por la buenas el aparato de poder, es identificar a tiempo con cuál opción pierdes menos.

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