María Leonor Arreaza Peña

En Cartagena de Indias, Departamento Bolívar, Colombia, frente al mar Caribe se respiraba un aire  de metrópoli  cosmopolita contemporánea,  y la sensación, el sentir que se regresaba en el tiempo a la ciudad amurallada de la  colonia española.  Una mirada podía mostrar en cualquier momento a la multitud de miles de turistas caminando a diario por sus hermosas calles con casas de balcones  bordeados de buganvillas y jazmines en flor, adornadas con macetas de flores.

La exuberancia de esta ciudad histórica, de la costa atlántica colombiana declarada por su riqueza arquitectónica y artística patrimonio cultural de la humanidad, atraía a miles de turistas que llegaban por vía marítima en cruceros y yates, o por vía aérea y terrestre desde todos los lugares del mundo para entrar a ese realismo mágico caribeño que ha hecho de Cartagena de Indias, su referencia.  Eso se confirma en las cifras oficiales de los organismos de turismo que hasta hace unos meses afirmaban en sus conteos, que a Cartagena entraban diariamente un aproximado a  mil quinientas personas, provenientes de cualquier parte del planeta, enamorados de lejos de la magia, la leyenda, el color, el calor y el sabor del Caribe, que frente a este mar tropical que Colombia comparte en maravillosa coincidencia con Venezuela, es meca mundial tanto para el viajero premium, como para el de turismo veranero, que viene al encuentro de  la sin par Cartagena de Indias.

En Cartagena, el clima es cálido y húmedo, con mínimas precipitaciones. Solo dos meses al año las lluvias son tan fuertes  que obligan a que la peregrinación de andariegos que recorren a pie la ciudad,  haga una pausa en esa travesía de ir sin rumbo descubriendo cada rincón, cada sitio, uno más bello que otro de este lugar llamado Cartagena la fantástica, la extraordinaria, la maravillosa, la Sevilla del Caribe.  

Esto sucedió por años hasta hace poco, cuando Cartagena comenzó a recibir en paralelo a sus turistas, una migración masiva de venezolanos que llegaban huyendo en estampida del régimen usurpador que secuestra a nuestra patria, y que se mantiene  gracias al respaldo extranjero de gobiernos totalitarios, invasores y cómplices del dictador que destruye a Venezuela. Desde hace unos años comenzaron a llegar los venezolanos, que hemos elegido a Cartagena por muchas razones. Cartagena es Caribe, es culturalmente una ciudad muy similar a nuestra Caracas, a nuestra bella Cumaná, a otras urbes caribeñas, que no tuvieron la buena suerte, la ventura de ser conservadas con aprecio como patrimonio cultural.  Cartagena tiene para nosotros un aire similar en sus árboles, en su comida, en su modo de vida, en su arquitectura, a las ciudades costeras venezolanas, fundadas en la colonia española. Es la misma alegría,  la misma música, la misma rumba, los mismos sabores en su gastronomía, los mismos colores en sus casas y los mismos saberes en esa forma de ser cartagenero, que es decir caribeño. Y Cartagena tiene lo mejor de lo mejor: la cálida manera de ser de su gente tan parecidos a nosotros. 

Los venezolanos, algunos con raíces colombianas, sentimos que en Cartagena estamos en nuestra  tierra, y reencontramos nuestras costumbres, en su manera de cocinar, de comer, de disfrutar a diario la comida de los puestos en las calles. Llegamos, y entonces comenzaron a aparecer junto a la tradición cartagenera de sus famosos fritos, los amasijos y fritangas venezolanas como los tequeños, empanadas, arepas, cachapas, hayacas, tostadas, golfeados, buñuelos, yoyos,  chichas, cocadas, jugos, batidos, merengadas y los dulces nuestros que ahora descubrimos que también son cartageneros, y pensamos al probarlos que se parecen a los famosos dulces caraqueños, cumaneses, margariteños. 

El emprendimiento venezolano es una buena muestra de nuestra presencia en Cartagena, porque los negocios de comida, los vendedores de dulces, las cocinas de mercados y terminales de transporte, los puestos de fritos, los cocineros y  chefs bien establecidos, los restaurantes de mesa servida y los express de envíos a domicilio, los artesanos culinarios de tradición, tienen ahora desde la segunda década del año dos mil, a su lado compitiendo con innovadora gracia, la presencia enriquecedora de la mano de obra, del inventor, del emprendedor o innovador, del artesano, del comerciante, del negociante gastronómico venezolano.

Como la mayoría, acostumbrados al buen comer, los venezolanos en Cartagena nos reinventamos. Lo hicimos en Venezuela a pesar de la escasez de estos años, y con mayor razón lo hacemos aquí  en la abundancia alimentaria que exhibe en sus mercados y ventas  esta ciudad caribeña, cercana a los llanos  y ciénagas de grandes fincas y haciendas con plantaciones que abastecen abundantemente el mercado de la ciudad.                                            

Los venezolanos en Cartagena hemos creado un espacio laboral para sobrevivir, principalmente en el área de ventas de comidas que garantiza inmediatos beneficios y ofrece mejores posibilidades para obtener con los ingresos de las ventas, lo indispensable para vivir y además el poder tener el monto de la remesa mensual para enviar a la familia que espera en Venezuela ese auxilio en dinero.

Los colores de la vida diaria, la alegría, el baile, los sabores y la gente de Cartagena, nos ha hecho sentir a  los venezolanos de este éxodo, un alivio, en especial a los caminantes, que al llegar tuvieron la sensación de estar como en casa. Quizá por ese motivo la mayoría decidió establecerse aquí. Es tal la sensación de sentirse en Venezuela, que en diciembre del dos mil diecinueve, tuvimos la suerte de poder comprarle a nuestros paisanos, en sus ventas de comida o por encargo, para nuestra cena de navidad  y del año nuevo,  delicias de nuestra cocina como el pan de jamón, el pernil, la ensalada de gallina,  las tradicionales hayacas, el ponche crema, el dulce de lechosa con hoja de higo, y la torta negra.  Esa celebración navideña  al puro estilo venezolano, demostró que el mejor rasgo que nos identifica, es nuestro buen paladar educado en la mejor escuela: la escuela de la cocina de la abuela, de la mesa de la mamá,  de la tradición familiar como parte de la herencia regional. Este rasgo de la memoria del paladar, fue a la hora de vender comida venezolana en Cartagena, la mejor garantía de sabor y presentación, porque el gusto por el buen comer,  la costumbre alimentarse bien y la educación culinaria que se esmera en mantener la sazón tradicional y la bonita manera de servir, fue el certificado de calidad que garantizó la oferta de buenos productos. 

Pero sucedió algo casi mágico en Cartagena:  el ocho de marzo de este año dos mil veinte, llegó a Cartagena el crucero llamado Braemar, con bandera de las Bahamas, que previamente había cubierto la ruta de San Martín, Jamaica, Puerto Rico y Panamá, y con su llegada como una   nube premonitoria, como un aviso de alarma, un comentario comenzó a recorrer la ciudad.  El rumor corrió por las calles como un lancero pregonando un anuncio de contagio por un virus, y como si sospecháramos la gran cuarentena que se aproximaba en tan solo unos días,  los venezolanos que huimos de esa gran carestía que conocimos en nuestro país, y que tenemos marcada en nuestra mente la necesidad de sobrevivir inventando, creando, armando nuevas formas de seguir adelante, comenzamos a tomar previsiones. 

Esa previsión se demostró desde los primeros días, cuando los comercios empezaron a cerrar,  y el toque de queda restringió la salida de los cartageneros.  La ciudad se vio como un escenario solitario, despoblado, por el  miedo al contagio del Covid.  Ese miedo creció y sobrepaso  el puerto, las playas, los barrios y se convirtió en una muralla. La mayor muralla que haya tenido Cartagena. Los únicos arriesgados que la saltaron,  los únicos decididos, quizá temerarios dispuestos  a salir a trabajar para sobrevivir aun burlando la cautela, fueron los vendedores  cartageneros de los barrios y los venezolanos, que se aventuraron a seguir ofreciendo a domicilio los productos que antes ofrecían en sus puestos fijos de ventas de comidas o como vendedores ambulantes.  A punta de arriesgarse contra el miedo al contagio,  salieron a ofrecer sus productos para superar algo peor que la pandemia, superar el hambre de sus familias.  No tuvieron otra opción, porque la realidad es muy elocuente, no hay ayudas, ni donaciones, ni auxilio. Las organizaciones internacionales, las ongs, las demás siglas y logos de ayuda humanitaria, y la OMS,  demostraron una vez más con su apatía ante la ya instalada pandemia, la misma incapacidad que han demostrado en auxiliar a los venezolanos.

En Cartagena seguimos superando nuestras propias metas.  Después de haber logrado emigrar y llegar, -algunos a pie-  por las carreteras de Colombia desde Caracas y más allá, hasta Cartagena,  sobre todo las mujeres han logrado trabajar para vivir.  Ya lo hacían desde antes de la declaratoria de pandemia y de la regulación de cuarentena, desde sus casas preparando comidas para vender en las calles todo el recetario de su herencia  que venía incluido en su maleta.

Comenzó un nuevo momento, porque al iniciarse el régimen de cuarentena, con las disposiciones sanitarias exigiendo que los niños debían quedarse en la casa, que ya no podían ir al colegio, a las escuelas, y, sin poder salir a trabajar,  cumpliendo además en las noches con el toque de queda, en encierro colectivo, creció la angustia de tener que producir además del sustento de cada día, el dinero necesario para pagar alquileres y servicios, y más aún, el del compromiso con la familia en Venezuela que espera con urgencia el envío de la remesa.

Arreció la advertencia de contagio, y con ello se hizo más estricta la medida de cuarentena. Debimos permanecer en casa con más restricciones, entonces volvió a renacer la chispa venezolana, el ingenio y la capacidad de adaptarse que es lo que siempre nos ha salvado a lo largo de la historia, y allí nuevamente para los venezolanos volvió a dar un giro la vida y nos volvió a cambiar la suerte. En un momento apareció un nuevo mercado para nuestra  creatividad que ya estaba ejerciendo su talento fabricando tapabocas, vendiendo a domicilio jugos energizantes, instalándose en las puertas de los supermercados ofreciendo nuevos productos y los menos favorecidos, ofreciendo dulces a cambio de ayuda en alimentos.  Lo que usted me quiera dar,  decían.  Esperaban más que dinero la bondad compasiva al recibir algo tangible, material y preferiblemente nutricional.

La emergencia no esperaba a la necesidad diaria de resolver que comer y como pagar un alquiler, entonces mientras el presidente se ponía de acuerdo con alcaldes y gobernadores; los presidentes del mundo con la OMS;  las organizaciones de médicos, enfermeras, hospitales y clínicas, con los ministros;  los profesores y maestros con sus directivos y el ministerio;  los venezolanos en Cartagena estaban de nuevo reinventándose. Los hombres que estaban trabajando en la construcción, terminaron en las puertas de los comercios, de los supermercados ayudando a cargar mercados, las compras de quienes desesperados por la avalancha de información contradictoria salieron a comprar  grandes cantidades de comida, de útiles de aseo, de medicinas, como si se fuera a acabar el mundo.

Los que no contaron con el auxilio de los organismos internacionales, mal llamados de ayuda humanitaria, y que no tuvieron lo necesario para pagar los arriendos  se devolvieron a Venezuela con sus familias, con los sueños perdidos, de una nueva vida en Cartagena. Dijeron, si vamos a morir de hambre, o de corona virus, preferimos morir en nuestra patria. Se devolvieron a estar con los mayores, con los ancianos que se habían quedado cuidando la casa, y de esa manera al volver, cumplir con acompañarlos y protegerse todos. Para los que se fueron el tiempo les dará la oportunidad de contar, se develarán algún día muchas historias de este nuevo éxodo de retorno.  Para los que nos quedamos será el inicio de una nueva fase en nuestra vida. 

En Cartagena, podemos decir al contar el éxodo de los venezolanos en tiempos de pandemia,  que la creatividad se impuso sobre cualquier emoción negativa.  Empezaron a desarrollarse inventos, formas de alimentarse y maneras diferentes de hacerlo, reinventándose.   Una vez -dentro de la nueva normalidad-  los venezolanos en la primera etapa de la cuarentena, ante  la necesidad de su hogar exigiéndoles llevar un pan a la mesa de cada día, comenzaron a crear. Reaparecieron  con sus tapabocas y guantes los  madrugadores vendedores de café tinto, de agua envasada, de arepas venezolanas, de dulces, de jugos, de comidas para desayunar, y entonces comenzó otra etapa en esta peregrinación infinita que nos ha tocado a los migrantes venezolanos. Otros con más posibilidades se dedicaron al  catering, a la comida delivery  express y aparecieron los chefs y cocineros virtuales con sus tutoriales para dar una cena, un almuerzo, un desayuno de regalo.  Las  viandas a domicilio comenzaron a circular, fueron nuevas de poner la mesa para celebrar generando fuentes de ingreso y dando empleo a otros venezolanos  que estaban sin hacer nada, y necesitaban con urgencia un trabajo remunerado, y lo consiguieron con sus motos y bicicletas llevando los pedidos.  Este trabajar en red, fue y es en este momento una manera de dar ánimo y fuerza  a aquellos compatriotas que viven la angustia de no tener ni ayudas, ni salarios, ni una institución, una familia o empresa que los proteja.  

Con la cuarentena por el Covid, nos llego el momento de desempeñar algún oficio aprendido en la niñez  o con aquella  abuela que ya no existe, pero dejó su legado y fue así  como comenzamos a ver en la calle tapabocas tejidos en crochet en materiales de hilos y telas reciclados, en papel, tela, loneta, paño de toalla, hasta jean, pues la idea es aprovechar todo lo que se tiene a mano en la casa, y convertir debilidades en fortaleza, ante esta nueva forma de crisis mundial, inesperada, imprevisible para nosotros como emigrantes en Cartagena.  

Avasallados por el protagonista de esta crisis decidimos sobrevivir, y mirarlo a la cara. El protagonista ya no es ni de izquierda ni de derecha. Es invisible pero tan poderoso a la vez, que su nombre jamás lo olvidaremos: COVID 19  y no podemos ni siquiera pensar en unas elecciones para tumbarlo.  Esta vez no luchamos contra el dictador sanguinario, tendremos que luchar contra un enemigo microscópico e invisible, pero más poderoso que cualquier potencia mundial, que ha puesto a temblar a los líderes de cada nación. Este  minúsculo virus nos ha hecho entender que esta nueva realidad que nos rodea  también es parte de nosotros, no pertenece a ningún partido político pero ha sido el peor mal de los últimos tiempos. 

En Cartagena continuamos con vida, seguimos nuestro recorrido virtual desde nuestros teléfonos por esta ciudad fantástica en medio de la pandemia, rodeados por nuestros compatriotas venezolanos, animados por sus mensajes vía internet que nos llegan en solitarios pero alegres bailes, en los ocurrentes chistes, en los memes, y el regalo de poder comprar los deliciosos manjares de nuestra mesa nacional entregados a domicilio, en las calles de esta ciudad heroica, que a través de su historia ha sobrevivido al mortal contagio de la viruela, el cólera, la gripe española, varias pestes, y ahora esta contemporánea pandemia del Covid 19. 

La mágica energía de los venezolanos está  en nuestra decisión de vivir cada día en Cartagena, agradeciendo estar aquí, en este momento, en medio de esta tragedia, en esta ciudad mágica, fantástica, llevando con alegría una cuarentena atípica, de un realismo mágico caribeño puro. Nuestra manera de ser nos ha llevado a descubrir que los venezolanos somos muy cartageneros, por ello no se ha hecho esperar el chiste de los maracuchos, el sarcasmo de la burla política al dictador venezolano, el entretenimiento del dialogo virtual desde las pantallas de nuestros celulares.  Buscar el lado bueno aún en medio de la peor pesadilla, nos hace en este tiempo de pandemia, más venezolanos, y a la vez muy cartageneros: alegres, jocosos, bulliciosos, escandalosos, divertidos, y tan ocurrentes que hasta una champeta le sacaron al virus chino, con una torta en forma de Corona Virus, piñatas en forma de Corona Virus y hasta una carroza que paseo por las calles solitarias amenazadas por el contagio, en la ciudad amurallada… la maravillosa locura del realismo mágico cartagenero,  nos parece ya más contagiosa que el virus chino 

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