El trayecto a pie de los inmigrantes desde cualquier punto de Venezuela hasta la frontera con Colombia, es hostil.  No es suficiente con tener que salir huyendo de sus viviendas con pocas pertenencias, caminar cientos de kilómetros a la deriva y bajo condiciones climáticas adversas. También tienen que sortear la desgracia de toparse en alcabalas y puntos de control con funcionarios de seguridad que en algunos casos los extorsionan para permitirles continuar en el camino

Por Rosalinda Hernández C.

Después de cinco días de caminata diaria, Alejandro Márquez llegó al sector “El paso Andino”, a unos 20 kilómetros de la población de San Antonio del Táchira, frontera con Colombia. Caminó desde San Carlos, estado Cojedes, para llegar hasta allí.

Las razones para salir de Venezuela en busca de un mejor porvenir, sobran, dijo: “Si acaso hay comida, no hay gas o no hay luz para cocinarla en la hornilla eléctrica”.  

En las alcabalas los militares los someten a extensas requisas. Les preguntan si llevan dinero y lo confiscan, denunció.

“Nos preguntan si llevamos dólares o pesos, ya los bolívares no los quieren. No es que lo pidan, es que nos lo quitan. Empiezan a requisar el bolso y al conseguir la plata se la llevan y ¿cómo les dice uno que no si lo que queremos es seguir para adelante?”.

Edwar Pineda, otro caminante en la ruta hacia la frontera para salir del país, comentó los desmanes por parte de cuerpos de seguridad venezolanos que, al conseguirlos en las vías, abusan de la autoridad y los amedrantan.

“Cuando llegamos a las alcabalas, guardias y policías nos preguntan qué para dónde vamos y que cuánto tenemos. En San Cristóbal nos agarraron, dijeron que nos iban a hacer rayos X, que nos llevarían a un albergue. Le dije que nos llevaran pero que no andábamos en nada malo, solo huíamos porque la situación nos tiene agobiados”, relató mientras descansaba a orillas de la carretera con la familia.  

Coyotes y uniformados

Desafiando la muerte en medio del coronavirus miles de venezolanos, nuevamente huyen de la crisis. Desde hace aproximadamente un mes los inmigrantes caminan desde diversos puntos del país hacia la frontera de Táchira con Colombia, en busca de un mejor futuro, dijo la diputada por el estado Táchira a la Asamblea Nacional, Karim Vera.

“En medio de la emergencia humanitaria que vive el país y se incrementa con la pandemia, miles de venezolanos están arriesgando sus vidas poniéndose en manos de criminales que los ayudan a cruzar la frontera”.

Caminan largos trayectos, soportando las inclemencias del tiempo. Los niños sufren más

Comparando la situación con lo que se vive entre Estado Unidos y México, con los llamados coyotes, la parlamentaria nacional precisó que los coyotes venezolanos, a través de una actividad ilícita, se encargan de pasar a los inmigrantes por caminos irregulares o formales a cambio de pagos en divisas.

“Los coyotes venezolanos hacen un gran negocio económico, sin importarles el riesgo de cruzar por pasos irregulares que están tomados por la guerrilla del ELN, quienes actúan agarrados de la mano con cuerpos de seguridad venezolanos, llámese Guardia Nacional o Ejército”.

El cierre de la frontera se ha convertido en un gran negocio donde muy pocos se lucran a costa de la vida y la libertad de muchos venezolanos por lo que es urgente y necesario la reactivación de los pasos legales y el libre acceso a los ciudadanos sin tener que ser extorsionados por coyotes, denunció la diputada Karim Vera.

Los niños sufren

Yulimar tiene seis años y Daniela, su hermana, apenas cuatro, ambas niñas juegan en el hombrillo de la vía que conduce desde el municipio colombiano Los Patios a la localidad de Pamplona, Norte de Santander, frontera con Venezuela.

La temperatura sobrepasa los 30 grados centígrados bajo la sombra, Yulimar está vestida solo con pantalón, mientras descansa y se recrea en el pequeño espacio que a veces se ve amenazado por la velocidad con la que transitan los vehículos en la concurrida autopista que conduce al centro de Colombia.

Las niñas están acompañadas de sus padres, Douglas Nieves y Dayana Seijas, quienes aseguran haber salido huyendo de Venezuela. Más de 800 kilómetros han caminado desde Valle de La Pascua, zona central llanera ubicada en el estado Guárico. No están ni cerca del destino final, Perú, lugar a donde aspiran llegar caminando.

La crisis económica y social venezolana los obligó a salir. La falta de oportunidades y el marcado deterioro en los servicios públicos hace casi imposible la permanencia en el país.

“No hay nada de comida, ni agua, ni trabajo, no hay carros porque tampoco hay gasolina, la situación es horrible por eso es que voy por aquí”, dijo Douglas Nieves, al referirse a Venezuela.

Durante el largo trayecto de recorrer pueblos, ciudades y cruzar fronteras por pasos ilegales, aseguró Nieves que dependen solo de la buena voluntad de la gente que los ayuda con alimentos, hidratación y movilizaciones en cortos trayectos.

Apenas viajan con un par de morrales y los pocos recursos que reunieron de la venta de algunas pertenencias. El temor a contagiarse en medio de la covid19, no los detiene, quedarse también es un riesgo, precisó el migrante venezolano.

“Sabemos los riesgos que corremos en este viaje, nos podemos enfermar, pero si nos quedamos allá es peor porque la situación cada día es más caótica. Quienes están regresando a Venezuela, no saben para dónde van”.

Se perdió todo

Los rostros agobiados de los inmigrantes que recorren a pie las carreteras de Venezuela, con destino a la frontera se multiplican cada día más. Dayana Seijas, esperó hasta el último momento en el país con la esperanza que las cosas cambiaran, pero cada día que pasa la situación allá es peor, comentó en medio de la carretera colombiana.

“El viaje es difícil, cargó a mis tres niñas pequeñas de dos, cuatro y seis años. Ellas no saben lo que está pasando”, dice Dayana, mientras amamanta a la niña más pequeña.

En un reciente informe, auspiciado por la Organización de las Naciones Unidas -ONU-, se determinó que 9,3 millones de personas en Venezuela no cuentan con los suficientes alimentos para el crecimiento y desarrollo humano normal.

El informe, publicado en abril pasado por la Red Global contra las Crisis Alimentarias y la Red de Información sobre Seguridad Alimentaria, detalló que el 13% de los niños venezolanos menores de 5 años padecen retraso en el crecimiento y que el 30% padece anemia.

El documento también señala a Venezuela, como el país con la cuarta peor crisis alimentaria del mundo, solo detrás de Yemen, Afganistán y la República Democrática del Congo devastados por la guerra.

Los argumentos de los migrantes venezolanos para justificar la salida del país son coincidentes y desesperanzadores.

Pensar cada mañana al despertar “¿qué le voy a dar a mis niños de comer hoy­?” era la pregunta reiterada que en silencio se hacia Jairo Hernández, con quien Frontera Viva conversó en el municipio colombiano Los Patios, su destino: Bogotá.

“Yo trabajaba tranquilo, pero se fue perdiendo el efectivo -dinero-, el trabajo, se perdió todo, hasta las ganas de vivir”, señaló el venezolano con voz entrecortada.

El informe de la ONU, se detalló que el salario mínimo mensual en Venezuela es de unos pocos dólares con lo que se compra menos del 5% de los alimentos básicos necesarios para una familia promedio.

Solidaridad del otro lado

Las normas de seguridad generadas por la pandemia han impedido que los centros de apoyo o refugios que se localizaban en la vía que conduce desde Norte de Santander al centro de Colombia, continuaran abiertos. Allí se les brindaba a los inmigrantes asistencia legal, orientación, alimento y primeros auxilios.

Por ahora solo ocho puntos de asistencia prestan servicio y solo dos de ellos cumplen con las normas o medidas de bioseguridad, los demás corresponden a personas de buen corazón que son solidarias y ayudan, dijo Vanessa Apitz, de la fundación colombo-venezolana Nueva Ilusión.

“Nosotros somos de los pocos que brindamos apoyo en alimentos y orientación, con normas de seguridad pero nuestra capacidad es poca para la gran cantidad de inmigrantes que se ven y que se ha venido incrementando desde el 1 de septiembre, cuando Colombia, flexibilizó los controles de seguridad por pandemia”.

A partir de las 6 de la mañana de cada día se empieza a generar el mayor flujo migratorio de cruce, están los venezolanos que retornan a Cúcuta y la nueva oleada que sale de Venezuela y transitan la misma vía, precisó la representante de la fundación.

Marta Alarcón es conocida en la zona como la benefactora del kiosco “La Esperanza”, con recursos propios y ayudas voluntarias que recibía, venía apoyando a los venezolanos que cruzaban la vía.

Pan, refrescos, café, bocadillos y curas a las heridas forman parte de la solidaridad manifiesta en la colombiana.

“Pasan muchas mujeres con niños en brazos. A uno se le parte el alma, llegan en medio de un sol inclemente, quemados y con mucha hambre. La situación ahora es peor que hace cuatro meses atrás”.

La policía ha limitado a Marta en el servicio que ofrece de manera voluntaria, para prevenir contagios. le han prohibido brindar atención directa.

“Antes les curaba los pies reventados, les tenia hielo y curas a base de limones o algunos medicamentos para la fiebre o el dolor de cabeza. Me han dicho que no lo haga porque debo cuidarme”.

La solidaridad manifiesta en cada paso, representa un poco de ayuda y alivio para el camino de centenares de inmigrantes que huyen de la peor crisis que se haya registrado en la historia republicana de Venezuela.  

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