Regresan al país sin una labor que desempeñar, no saben qué cono monetario van a utilizar, además de un futuro incierto y solo un techo que los protege del sol y la lluvia, así ingresan a Venezuela una buena parte de los inmigrantes. La pandemia los obligó a retornar a las casas que una vez dejaron por ir en busca de mejores condiciones de vida, ahora solo quieren sobrevivir  

Por Rosalinda Hernández C.

Junto a un grupo de personas amontonadas, sin guardar el distanciamiento social recomendado y con tapabocas colgando del cuello, sentados bajo la sombra de un árbol en la autopista que conduce desde Cúcuta a San Antonio del Táchira, Frontera Viva conversó con Mónica Martínez, estaba recién llegada al corregimiento colombiano de La Parada, caminó desde Medellín, departamento colombiano de Antioquia.

Dos niños de 8 y 10 años, aguardaban a un lado de Mónica, sus hijos y estaban sentados sobre unas piedras. Se ven somnolientos, agotados y recuestan las cabezas sobre una montaña de costales llenos de enseres y maletas.  

Una idea latente retumba en la mente de Mónica y se está preparando para ello: llegar a un país nuevo del que no tiene muchas expectativas porque no sabe que les espera al volver a Maracay, ciudad de donde es oriunda.

“Vamos a un país nuevo, sin mucha expectativa porque no sé cómo está Venezuela, qué billetes se están manejando ahora. Vamos a ciegas, adivinando y listos a afrontar lo que nos venga, lo que nos toque vivir del otro lado”, dijo Mónica. 

Pasó meses caminando con periodos de descanso en algunos pueblos y de nuevo a retomar camino. Dormían donde les llegaba la noche y para alimentarse resolvían con los aportes que los colombianos de buen corazón les proporcionaban, relató la venezolana retornada de 36 años de edad.

“Siempre salía una ayuda. Nos daban comida, agua y nunca faltó lo necesario”, comentó sonriente y agradecida.

Regreso obligado

La mayoría de venezolanos que están retornando por la frontera con Colombia, han confesado que la movilización de regreso al país la realizan obligados, no es algo voluntario ni que se haga como parte de su proyecto de vida. En sus planes no estaba retornar al lugar de donde salieron años antes movidos por la crisis social, económica, la falta de un empleo con qué sustentar a la familia.

A Mónica que aparentemente había logrado una estabilidad en Medellín se le hizo muy difícil continuar manteniéndose, sin trabajo y con la economía detenida no había dinero para pagar ni el alquiler de la habitación que compartía con sus pequeños hijos.

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“No hay de qué vivir si no te compra la gente lo que vendes. Yo vendía pasteles y jugos en las calles y eso se acabó. La pandemia todo lo cambió”, luego de un largo silencio, Mónica dice que no pensaba regresar a Venezuela, pero, “me tocó”.   

Desconoce cuál será su destino en Venezuela, a qué se va a dedicar. Cuando se le pregunta sobre su futuro, suelta una risa irónica y pregunta: “¿usted conoce la crisis que vive Venezuela­? Allá puedo tener un trabajo, pero eso no alcanza para nada, si acaso para comprar un arroz y una harina pan, para más nada. Seguir en Colombia es estar viviendo en la calle, aquí se puede comer todos los días, pero nos tocaría vivir en la calle y eso es muy incómodo, sobre todo para ir al baño. No sé cuál será mi futuro”.

La mujer de baja estatura y contextura delgada, describe con sus movimientos espontáneos que pasar las noches a la intemperie es difícil, aún más en su condición porque existen días en donde la higiene debe ser más frecuente.

“Es muy bravo e incómodo andar así”, dice arrugando en gesto de repugnancia su cara.

No aconseja a quienes retornan, ni a los miles que salen a diario a través de los pasos ilegales en la frontera con Colombia porque dice haber aprendido a no opinar en la vida de los demás.

“Mira no puedo aconsejar a nadie porque desconozco la realidad que viven. Están los que quieren regresar y no tienen recursos para hacerlos y no van a someter a sus hijitos pequeños a caminar largos trayectos y estar en la calle, pero si ves hay quienes están saliendo con niños pequeños y caminan largo tiempo por carreteras”.

Lo único que le queda de esperanzas a Mónica, se la da su fe puesta en Dios. Dice que de la mano de Dios va a empezar de cero en su país, al que llega como una verdadera extraña.

Choque con la realidad

Salir una vez del país los convierte en algo parecido a un nómada, van y vienen de un lugar a otro en busca de una estabilidad económica y social que les permita sobrevivir y ayudar a las familias. Los que llegan no descartan volver a salir de Venezuela, al toparse con una realidad semejante a un enorme muro que antes parecía más suave y franqueable.  

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“Sabemos que la situación de ahora en Venezuela no es diferente a lo que vivimos aquí en Colombia, allá no tenemos trabajo, pero al menos sí tenemos un techo y eso nos da la seguridad de no dormir en la calle”, dijo María Mora, una retornada venezolana que, a pesar de tener dos meses de embarazo, caminó desde Lima, Perú hasta la frontera entre Cúcuta y San Antonio del Táchira.

El país ha cambiado mucho en los últimos años y llegar de nuevo será otra experiencia compleja de asumir. No sabemos con qué vamos a chocar, precisó Zacarias Pérez, esposo de María.

“Si la situación en Barquisimeto se nos presenta muy cuesta arriba estamos preparados para volver a salir. Nosotros tenemos hijos que mantener y no podemos darnos el lujo de estar sin trabajar y estamos dispuestos a volver a migrar para buscar el bienestar de ellos”.

Zacarias y María, cruzaron trochas y caminaron largos trayectos, durante un mes y cuatro días, vivieron de la caridad de quienes los apoyaban con comidas e hidratación, durmieron en plazas, calles y en cualquier lugar que les permitiera al menos resguardarse de la lluvia, sobre todo para proteger a María, quien tiene dos meses de embarazo.

La familia tenía más de dos años viviendo en Lima, habían salido de Venezuela, como todos, en busca de un mejor porvenir, pero la llegada de la pandemia y el cierre de la empresa de mototaxis donde trabajaba Zacarias, obligó a la pareja a recoger lo poco que habían adquirido y salir de nuevo en busca de un mejor futuro.

“Había que salir porque sin trabajo no hay comida, ni tampoco cómo pagar la renta, además hay un bebé en camino”.

Los migrantes retornados se resguardaban del sol debajo de un árbol en la soleada y calurosa comunidad colombiana de La Parada, a la espera que el servicio de Migración Colombia los busque para registrarlos en un refugio temporal para luego ser entregados en el puente internacional Simón Bolívar al gobierno venezolano, encargado de llevarlos a los Puntos de Atención Social Integral (PASI) al cumplimiento de la cuarentena obligatoria.

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