Por Tulio Hernádez

El proyecto político chavista no existiría, al menos no como lo hemos padecido estas dos décadas,  sin la presencia decisiva del comunismo cubano. Una presencia que, al principio, en la campaña electoral de 1998, se hizo camuflada. A continuación, a comienzo de la primera presidencia de Hugo Chávez, detrás de bambalinas. Hasta que, luego de los fallidos intentos de golpe de Estado de 2002 y del Paro Nacional 2002-2003, cuando el gobierno retrasa todo lo posible la convocatoria al referendo revocatorio y crea los operativos de proselitismo clientelar conocido como “Las Misiones”, esa presencia se hace total e impúdicamente descarada.

Fidel Castro se convierte en un visitante recurrente de Venezuela y en invitado permanente del Talk Show Aló presidente, y miles de cubanos comienzan a desembarcar por toda la geografía nacional. Incorporados como operadores en distintas áreas gubernamentales, especialmente resaltan los médicos y terapistas de la Misión Barrio Adentro, los agentes del G2 que vienen a vigilar y controlar los altos y medios mandos militares, y los catequizadores del marxismo que hacen también de puente con las guerrillas colombianas, especialmente, hablamos de mediado de la primera década del siglo XX, con las Fuerzas Armadas revolucionarias de Colombia (FARC).

Una auténtica invasión y una amenaza a la soberanía nacional que los más mesurados calculan en 12 mil personas pero otros observadores internacionales han llegado a calcular en más de veinte mil cubanos al servicio del Socialismo del siglo XXI.

Por esta razón, aunque ha generado la necesaria condena política, a nadie le ha extrañado la reciente declaración de Nicolás Maduro quien, en un obvio acto de provocación y un desplante para celebración de sus seguidores más radicales, ha anunciado la probable incorporación del embajador cubano a las reuniones de su Consejo de Ministros. Y, además, tal como lo ha reseñado el Diario El Tiempo de Colombia en una nota firmada por el grupo de Diarios de América, ha declarado a Raúl Castro, el heredero del culto a Fidel, como “Protector” de Venezuela.     

Mirado desde la lógica de cualquier nación democrática y soberana, ambas declaratorias son un exabrupto moral, jurídico, político y cultural.  Un acto de sumisión vergonzoso. Humillante para los venezolanos.  Una inconstitucionalidad sin límites.

Pero mirado desde la historia de los excesos de poder de los grandes tiranos del planeta, pues resulta una anécdota más en medio de lo que ocurre cuando en un país se pierden todos los límites del poder personal de reyes, dictadores militares y tiranos civiles.

Tal y como lo mostró muy bien en  Vargas Llosa en La fiesta del Chivo, a Rafael Leonidas Trujillo, mejor conocido como “Chapita”, porque al igual que Chávez, le fascinaban la condecoraciones, le gustaba que le llevaran púberes para su disfrute sexual. Como Hallie Salasie, el último emperador de Etiopía, se sentía ridículo ante la mirada de todos cuando sus pies colgaban de la silla,  viajaba con  un “encargado de los cojines”: un hombre que guardaba 52 cojines para cualquier tipo de silla en la que se sentara el último emperador de Etiopía.

Es lo que contó Richar Kapucins en El emperador. Y Hugo Chávez, enamorado como estaba de Fidel y sus leyenda política ordenó, primero, a Petróleos de Venezuela  regalarles por años todos el petróleo que la isla necesitara para que el comunismo no muriera de mengua. Y luego, a los militares venezolanos saludarse con la consigna comunista cubana de “Patria, Socialismo o muerte”. Hasta que la pelona le mostró los dientes y debieron cambiarla por “Patria, socialismo y vida”.

La entrega y sumisión de Venezuela al comunismo cubano es una de las peores degradaciones morales de un  proyecto político latinoamericanos. Sólo comprable en su entreguismo al de los dictadores bananeros de Centroamérica que se rendía a los Estados Unidos mientras estos lo mantuvieran en el poder o al de su equivalentes africanos que hacían lo mismo con la Unión Soviética. O  a la dependencia actual de Siria con sus mentores iraníes.

Porque la entrega a Cuba es sólo la punta del Iceberg. En realidad, el proyecto político y el liderazgo de Hugo Chávez fueron concebidos desde el comienzo como una operación no sólo internacional sino parte de los nuevos juegos de poder de la geopolítica mundial.

Fidel, el guía espiritual de Chávez, sabía que sólo con la riqueza petrolera y un hombre carismático era posible renovar el movimiento internacional contra los Estados Unidos y el bloque de nacionales democráticas occidentales y las grandes economías mundiales reunidas en la OEA y la Unión europea. Con Gadaffi, Arafat, Husseim en declive, era necesario un segundo aire de liderazgo contra el imperialismo norteamericano y sin la Unión Soviética. Era necesario un nuevo país del cual Cuba pudiese parasitar, como lo ha hecho desde que comenzó el comunismo cubano.

Chávez blindó su proyecto entregándose plenamente a Eurasia como conocen los expertos, el bloque formado por Rusia, Irán, China y Turquía. Cuba aseguró el ingreso económico que necesitaba para sobrevivir sin la mesada soviética y la mitología de los ultraizquierdistas venezolanos amamantados desde niños por el altar donde reinan Fidel, el Che, Tirofijo y el mismo Chávez.

Ahora se sienten protagonistas de una épica que podría llevar a que nos convirtamos en un protectorado cubano. Formalmente, porque en la práctica ya lo éramos. Si es que los cubanos no encuentran pronto otra potencia económica de la cual parasitar con mayores recursos.

Tulio Hernádez Sociólogo experto en cultura y comunicación. Columnista de El Nacional. Consultor internacional en políticas culturales y ciudad. Arte-política-modo de vida.

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