Ph.D. Tomás Páez @TomasPaez

Hace un par de meses, el Observatorio de la Diáspora, el Grupo de investigación de las migraciones de la Asociación Venezolana de Sociología y CEDES (Centro de Estudios de la Democracia), iniciamos un ciclo de conferencias: “Diáspora en las Américas”, colocando el énfasis en aquellas cuyo destino incluyó a Venezuela. Tales flujos, en no poca medida, signan la escogencia de las ciudades de destino del éxodo venezolano, perfilando de este modo la nueva geografía de Venezuela.

La migración y la movilidad son atributos de la humanidad. Desde hace millones de años las personas, y con ellas las culturas y el conocimiento, migran de un lugar a otro, van y vienen en un constante proceso de circulación.  Hoy el 3.6 %  de la población mundial es migrante, está dispersa en todo el planeta, aunque concentrada en pocas ciudades y países “imanes”; otros, como Venezuela y Siria, son países de éxodo.

A principios del siglo XX Venezuela era un país pobre en el concierto americano y, además, fracturado por confrontaciones internas. Progresivamente se convirtió en “imán” de inmigrantes. Entre los factores explicativos de tal transformación se encuentran los económicos, debidamente reflejados en las series históricas construidas por Asdrúbal Baptista y Humberto García Larralde. Reflejan el descomunal crecimiento del PIB y del ingreso per cápita de los venezolanos, superior al del resto de los países de la región y de varios países europeos.

La mejora de la economía se acompañó de un inmenso esfuerzo de modernización institucional y de mejoramiento de la calidad de vida de los venezolanos. El país estableció entre sus prioridades la mejora del sector salud y, con ese fin, se desplegó una estrategia integral consistente en sanear, identificar las enfermedades más comunes de cada municipio, educar y construir una red de servicios de salud privados y públicos. Asimismo, se institucionalizó la política de promoción de la inmigración.

El aumento del número de migrantes provocó el alzamiento de algunas voces xenófobas, afortunadamente muy pocas, a las cuales respondió, a principios de los años 50, Luis Esteban Rey, prestigioso periodista venezolano, afirmando:  ” los migrantes ofrecen a los venezolanos una excelente oportunidad para adquirir nuevas habilidades, hábitos y competencias”. De entre ellas, añadimos, la defensa de la libertad y la democracia; huían de todos los signos de totalitarismo: nazismo, fascismo, del socialismo soviético y de las guerras y la pobreza.

El esfuerzo hecho a lo largo del siglo XX ha sido interrumpido abruptamente y, un siglo después, constatamos el total retroceso del país.  Contracción económica, aumento de la pobreza y la miseria y en el sector salud ha desaparecido el saneamiento y reaparecido enfermedades previamente erradicadas, además de que la información es opaca o inexistente. Los descomunales logros de ayer han sido revertidos. Dos décadas han sido suficientes para demoler el andamiaje institucional y aquello que a duras penas queda en pie, se lo debemos a quienes no están dispuestos a dar por perdido lo logrado, no al menos sin su decidida oposición y resistencia.

En este acelerado retroceso se ha perdido la milenaria convención del dinero para retrotraernos al primitivo trueque, piedra angular del Estado Comunal. Con el precio de un café o un huevo de hoy se podían haber comprado varios apartamentos en el periodo democrático. Han llevado al país al siglo XIX y, sus instintos de sangre a flor de piel, están acompañados de un desgano absoluto por la cultura. Una destrucción imposible de ocultar por más que se instalen bodegones y casinos, convertidos en “lavanderías del saqueo” y museos inaccesibles para la mayoría de la población.

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Se ensancha el abismo que separa un pasado glorioso, lleno de defectos, virtudes y esperanzas, de un presente en el que se ha devaluado la palabra y la moneda hasta su extinción, gracias a un régimen rabioso de odio e intransigente con la vida. De ello es necesario dejar constancia, de los detalles de los horrores y de las agresiones con vistas a un futuro que las tendrá por imposibles.

Como parte de la continuación del trabajo y el estudio, realizamos entrevistas a profundidad a la diáspora, entre ellos a retornados y sus descendientes. Nos manifiestan su agradecimiento y amor por Venezuela y no se explican cómo se ha podido destruir. Nos dicen haber aprendido a saberse despedir de aquello que en otros tiempos había sido su orgullo y su amor.

La diáspora venezolana es una evidencia rocosa de la destrucción del país y el más sólido desmentido para quienes insisten con febril ahínco en su desinterés por lo que ocurre en Venezuela o sucumben y pliegan a la ideología del régimen venezolano. Además de la tragedia humanitaria, ponen en evidencia la ausencia de libertades, la asfixia de la democracia y el cerco a la vida. Los demócratas de los países de acogida admiten que la diáspora venezolana es un aliado importante para la promoción de las libertades y un arma potente contra quienes la socavan. Su activo papel denunciando el modelo y sus consecuencias desnuda a sus defensores en los países receptores.

A la voz de la diáspora se suma la de quienes han denunciado la barbarie del régimen venezolano. Las suyas ponen en evidencia el estruendoso silencio de quienes han optado por plegarse o claudicar.  Caemos en la cuenta de que para algunos existen dictaduras aceptables, destrucciones ambientales admisibles y represión y muerte tolerables. Asombra que todavía algunos, con cínica amoralidad, se resisten a admitir el carácter dictatorial del régimen cubano. Una frase, cuyo autor no recuerdo, viene a mi memoria, “A Dios le salieron mejor los árboles y las flores que los hombres”.

Consiento; la situación de Venezuela puede resultar inexplicable e incomprensible. No se entiende cómo se puede vivir, en una economía dolarizada, con una pensión inferior a 2 DÓLARES MENSUALES; tampoco que un profesor universitario, del máximo escalafón, devengue un salario de aproximadamente 10 DÓLARES MES. Resulta tan poco creíble que puede parecer exagerado. Abundan las evidencias, infinitud de hechos merecedores de un espacio en el salón de la infamia: para no olvidar lo ocurrido y evitar que vuelva a ocurrir.

Lo realmente inadmisible es que ante tantas pruebas y frente a la contundente evidencia de la indetenible diáspora, se guarde tan atronador silencio o se intente escudarse en el argumento de, “desconocía lo ocurrido” o “la información era un tanto confusa” o, peor aún, salgan en defensa de la barbarie. Hasta aquella prensa que no daba crédito a lo que ocurría en Venezuela, hoy, debido entre otras razones a la diáspora, ha modificado su línea editorial.

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Es cierto que la historia está llena de ejemplares de quienes han sucumbido a las ideologías nazi, al socialismo soviético y al fascismo. No solo se plegaron, pedían confrontación, deseaban sangre y muerte y valía cualquier excusa para defender el horror, postura que valida el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiera ver” y las palabras de Felipe González, “no vengan después a decir que no lo sabían”.

El desconocimiento, la negación y la indiferencia del régimen venezolano, y de quienes se colocan de perfil o guardan silencio, conspiran contra una estrategia capaz de beneficiar a migrantes y países de acogida y origen. También conspira contra esa posibilidad las posturas intransigentes y prepotentes y son de poca ayuda los comentarios ásperos. Shakespeare nos advierte: “un cielo tan cargado no se despeja sin tormentas”.

Por el contrario, es necesario acentuar los puntos de unión, aquello que suma y no polariza, no precipitarse y actuar con mucha cautela, a fin de aprovechar de la mejor manera y para beneficio de todos el capital humano de la diáspora venezolana. A ella y sus organizaciones les tortura el alma la ansiedad que produce la situación en algunos países de acogida, cuando constatan el avance de ideas y proyectos semejantes al venezolano, temen la repetición de la desgarradora pesadilla.

Por fortuna, existe conciencia y la convicción, en los países de la región, de que la diáspora desempeña un importante rol en el desarrollo económico, en los ámbitos cultural y político y es un importante aliado en la defensa de la democracia y la libertad. Esta conciencia permite pensar en un ambicioso proceso de diálogo e integración para impulsar proyectos de envergadura que permitan pasar de la fase de la gestión al detal al de la gran pintura. Integrar estrategias de asistencia con desarrollo e integración.

Con la migración se crea una nueva realidad, una nueva geografía y nuevos desafíos y oportunidades para la democracia en la región. En este diálogo es importante incorporar a la sociedad civil y los distintos niveles de gobierno (local, regional y nacional), la xenofobia del régimen hacia la diáspora de sus connacionales cierra o deja pocos resquicios para la participación. 

Diálogo y políticas semejantes a las desarrolladas por cualquier país a través de la gestión responsables de sus embajadas: cuido de sus ciudadanos, fortalecimiento de la actividad comercial, tecnológica, cultural, educativa, promoción de inversiones y alianzas transnacionales y los temas medulares de las libertades y la democracia, sin las cuales se ven coartadas las posibilidades de desarrollo. En las actuales circunstancias  parece urgente y necesario dar un nuevo paso que asegure y fortalezca la integración y coordinación regional para beneficio de todos.

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