Son muchos los venezolanos que salen del país huyendo a unas condiciones de vida desfavorables que los mantiene sometidos al hambre, la miseria y sin posibilidades de progreso. Cruzan fronteras contra todo riesgo y de manera ilegal para ser sometidos a los vejámenes de la xenofobia, explotación laboral y el inminente riesgo de una deportación por parte de las autoridades migratorias extranjeras. A los inmigrantes venezolanos se les ha dejado solos e indefensos en materia de legalidad, dice Lousiana Paniagua, una venezolana que compartió la experiencia vivida con Frontera Viva

Por Rosalinda Hernández C.

El 29 de junio de 2018, Lousiana Paniagua agarró dos bolsos, tomó de la mano a Mariana su hija de seis años y partió con rumbo a la región de Trujillo, en Perú.

La venezolana, oriunda de Cumaná, más allá de un viaje mochilero, emprendía una migración sin retorno. La planificó durante un mes tomando en cuenta elementos como la seguridad y el manejo de un mínimo presupuesto, el dinero escaseaba.

En Acarigua, al centroccidente de Venezuela, subió junto a Mariana, a un autobús que las llevó hasta San Cristóbal y luego otro vehículo las condujo a la población de Ureña, limítrofe con Colombia.

Días más tarde llegaron a la ciudad colombiana de Ocaña, donde empezó realmente la aventura, dijo Paniagua al recordar el viaje.

En medio de la migración aprendieron que, si vestían bien y salían temprano a las orillas de la carretera, encontraban gente que les ofrecía llevarlas gratis a la siguiente población.

Viajaron en autobuses, camiones de frigorífico, gandolas, transporte de medicinas y así cruzaron gran parte de Colombia, hasta llegar a Tulcán, Ecuador, donde hicieron trasbordo y gracias a las ayudas que recibieron de personas y organizaciones como Cáritas, fue posible llegar al destino final: Perú.

“Mucha gente nos protegió sin necesidad de dar lastima, no soy del tipo de persona que le guste estar dando lastima. Nunca pedí nada, más allá de una cola”.

Marcada por la xenofobia

El viaje hasta Perú (Trujillo), duró 16 días y a más de dos años de la travesía, la califica como una experiencia bonita, enriquecedora, pero con marcada de la discriminación que opaca el relato.

“La xenofobia me dejo un sabor amargo y la sensación de ser un ser inferior”, dice Lousiana Paniagua con decepción e impotencia.

Recuerda que fue golpeada en una calle de Trujillo y mientras la empujaban también le gritaban: “vete a tu país”. Solo por hablar con acento propio y sin estar haciendo nada atacan a los venezolanos en Perú, dijo.

“No llegué a Perú, haciendo alarde de Venezuela, ni a decir que venía del mejor país del mundo, ni que el Salto Ángel era una maravilla, nada de eso, lo hice con humildad, pero no importa si eres respetuosa con ellos o no, igual te atacan solo por ser venezolana”.

Al salir a las calles peruanas, Lousiana sentía la seguridad que de la delincuencia estaba protegida, pero jamás se sintió liberada de los ataques xenofóbicos que debió soportar en reiteradas ocasiones.

Confiesa que, aunque empezó a tener algunas cosas a las que no tenía acceso en Venezuela, como pagar un alquiler, comprar comida, ella y la niña seguían durmiendo en colchones en el piso. La presión por llevar las cuentas al día le quitaba el sueño y en medio de la pandemia se multiplicaron los problemas, se acumularon los pagos de servicios, incluyendo el alquiler.

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“Tuve más acceso a la comida, pude comprar un cartón de huevos. Podíamos comer pollo dos o tres veces por semana y en Venezuela eso no lo podíamos hacer, pero las deudas eran grandes”.

El ritmo laboral no era diferente al que se llevaba en Acarigua, trabajaba unas 12 horas de lunes a domingo y nunca logró ocupar una vacante formal y con beneficios socioeconómicos. Vendió yerbas medicinales en una carreta por las calles, limones, perifoneaba, pero nada sustentable que le brindara la estabilidad que perseguía.

Ecuador alivió

Luego de meses de confinamiento y trabajo improvisado con poca remuneración, Lousiana y Mariana, llegan a la ciudad de Quito, donde le ofrecen a la madre una mejor oportunidad de trabajo.

Cruzó de Perú a Ecuador, a través de pasos ilegales y pasando por un rio, después de caminar un largo trayecto fueron interceptadas por patrulleros de migración quienes no solo fueron diligentes, sino cordiales y les ofrecieron un trato respetuoso a las venezolanas.

“Cuando llegamos al otro lado del río nos paró migración, yo cargaba a Mariana casi amarrada de la cintura porque era un riesgo cruzar la frontera, indocumentadas. Gracias a Dios todo salió bien, nos trataron con delicadeza y respeto, eso no lo vivimos ni siquiera en Perú, donde las autoridades nos sabían indefensas y se aprovechaban de la situación”.

Ahora se desempeña como asesora educativa en una academia de idiomas. Le pagan apenas la mitad de un sueldo mínimo, es decir 200 dólares mensuales, dinero que le ha permitido tener cierta estabilidad económica que mejoró su situación, dice Lousiana con optimismo.

A pesar que ahora recibe un mejor trato y la xenofobia no la ha tocado en esta parte de Suramérica, la joven madre confiesa que en su actual trabajo está obligada a hablar con acento ecuatoriano para captar más la atención de los grupos o potenciales clientes.

Siente agradecimiento por el gobierno ecuatoriano que le ha permitido a su hija continuar estudios de manera virtual en medio de la pandemia. Le han dado los cuadernos, libros y algo llamado “colación” que son bolsas de meriendas para un mes con leches, jugos, galletas y barras nutricionales.

El miedo al acecho

A pesar de haber transcurrido dos años desde que se despidió de Venezuela, Lousiana, confiesa sentir temor por una eventual deportación, no tiene ningún documento que avale su permanencia legal en Ecuador. Sus únicos documentos son pasaportes vencidos y partidas de nacimiento, ahora está reuniendo dinero para legalizarse, pero comentó que es difícil por los costos elevados de cada uno de los tramites.

“De Venezuela, salimos con una prórroga que nada nos duró y ahora sacar un pasaporte para nosotros es tan difícil como para los que están en Venezuela, hay que pagar mucho dinero y ganarse 50 dólares aquí es complicado, hay que sudarlos mucho”.

La visa ecuatoriana se saca con un pasaporte vigente que cuesta 200 dólares obtenerlo. El precio de la visa son 300 dólares, costos que se manejan bajo la legalidad porque si se hace por otras vías el trámite, resulta más costoso.

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“El Estado venezolano nos dejó en una situación de indefensión a los inmigrantes, a los que nos obligaron a salir del país. Si no salimos en calidad de indocumentados nos morimos de hambre en Venezuela”.     

Así vivía

La venezolana se vio obligada a migrar después de varios intentos por quedarse en el país. Había realizado una primera movilización interna a la ciudad de Acarigua desde su natal Cumaná, en el oriente venezolano.

Llegó a tener dos empleos formales y varios de tipo informal, uno en una empresa de seguridad y el otro como administradora de un colegio. Trabajaba de lunes a viernes desde la 7 de la mañana hasta las 9 de la noche, los fines de semana se encargaba de cuidar niños, hacer arreglos de ropa y vendía todo lo que saliera, pero aun así mantenerse le resultaba cuesta arriba.

A fin de mes lograba ganar 25.000.000 de bolívares que representaban unos cinco salarios mínimos mensuales (2018), pero un kilogramo de carne ya se ubicaba en 14.000.000 de bolívares, lo que generaba una inestabilidad económica para la madre soltera.

“No nos alimentábamos bien, vivíamos arrimadas en la casa del colegio privado donde trabajaba. Me preocupaba cuando la niña llegaba a decirme que sus compañeros comieron sándwiches, pastelitos y ella solo tenía yuca con suero de leche o bollitos con mantequilla”.

La madre empezó a perder peso, se descompensaba, sufría mareos y más de una vez cayó al suelo desmayada.

El mayor temor que sentía la migrante venezolana era que la niña se enfermara y no tuviera cómo comprar las medicinas, “me canse de sentir miedo y finalmente tome la decisión de salir”.

Lousiana comenta a Frontera Viva que ahora la manera de migrar ha ido también desmejorando porque quienes salen lo hacen con desesperación, presión y no tienen los recursos para movilizarse.

Ante se planificaba, no tenía dinero para migrar, pero era otro momento y recibió mucho apoyo en el camino, sin ese apoyo no hubiera podido llegar a Trujillo, admite.

“Tuvimos la suerte de no llegar nunca a un estado de indigencia, pero ahora quienes salen de Venezuela en su mayoría lo hacen en estado de indigencia, dando lastima y pidiendo plata a su paso por todas partes”.

En su mente solo permanece el deseo de progresar, sacar adelante a su hija y lograr una estabilidad económica y social que le permita dejar una buena huella en el país donde se encuentra.

“Se deja una buena huella en la medida que se es fiel a los valores. Quiero aquí darle una mejor calidad de vida a mi familia y trabajo en eso, así no lo haga en gran escala como los migrantes que llegaron una vez a Venezuela y fundaron empresas que luego se convirtieron en grandes negocios”.

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